CHRIST STEWART
ESCRITOR DE BESTSELLER MUNDIAL “ENTRE LIMONES”
COMO SON LAS ALPUJARRAS
La Alpujarra es el sistema de cerros y valles que aborda la vertiente sur de Sierra Nevada, el paisaje formado por los sedimentos y recortes de los pendientes ríos alpinos, y regado por los acuíferos profundos y el deshielo de las cada año más escasas nieves de la sierra alta.
Quizás hayáis escuchado sobre las Alpujarras la frase que pronunció Fernando II durante la campaña para la expulsión de los moros de Granada, que allí se habían refugiado: «mejor una pocilga en Granda que un palacio en la Alpujarra», bromeó el monarca… muy gracioso. Desde luego en aquellos tiempos nadie hubiera ido a las montañas por puro placer… quizás sí a cazar, a recoger plantas medicinales, a cargar nieve para las cámaras de hielo de los palacios o a ponerse en guerra con moros… pero nunca por el simple placer de caminar y encontrarse empequeñecido por la inmensidad de las montañas. Ese fue un gusto que no se descubrió hasta muchos años después, con el movimiento romanticista… tal vez con William Wordsworth en el Lake District en Inglaterra.
LAKE DISTRICT
Y hablando del «Distrito de los Lagos», es hoy día uno de los paisajes famosos mejor conservado, a pesar de las cifras elevadas de visitantes.
Y, ¿sabéis por qué? es sencillamente por el mal estado de las carreteras. Ha sido una política intencionada la de no mejorar ni ensanchar las carreteras de la zona. Esto supone un enorme inconveniente a los turistas con sus coches, pero ha funcionado perfectamente para la conservación de la belleza del paisaje… cosa que no se puede decir de muchos paisajes similares. Pues sed avisados, representantes de comunidades de montaña, y tened cuidado cuando aparezcan las primeras subvenciones y la vanguardia de la siniestra maquinaria de movimientos de tierras.
LLEGADA A LA ALPUJARRA
Amí me encantan las montañas, quizás porque nací en el sur de Inglaterra, donde no hay ni una… supongo que siempre había sido un sueño vivir en las montañas… hasta que un buen día me encontré en la Alpujarra, habiendo leído «Al sur de Granada», de Gerarld Brenan. Y ahora, dieciocho años después, las montañas suponen una parte fundamental de mi vida y ya no puedo imaginar volver a vivir en los llanos.
Me sirven de gimnasio, de fuente de inspiración y de pasatiempo, además de abastecerme con agua y frutas y alimentos de sus tierras.
Y por supuesto, esos días cuando uno siente el peso insoportable de la vida, aligeran el alma con la belleza de sus vistas.
ACTIVIDADES MONTAÑERAS
¿Cuáles son las actividades que perduran en las comunidades de montaña de hoy? Hablando de la Alpujarra, observo los siguientes hechos: los secaderos de jamones gozan de un espectacular éxito económico; quedan unos rastros endebles de artesanía; la agricultura se encuentra en fuerte declive; el poderoso negocio de los secuestros por bandas de bandidos más o menos afables ya no existe; y el turismo rural funciona pero en una situación algo precaria. Voy a hablar de este último tema, porque trabajo de vez en cuando como guía turístico, llevando grupos de caminantes por la Alpujarra, y así he llegado a conocer sus gustos y deseos.
LA POBREZA COMO FUENTE DE LO PINTORESCO
En términos generales, lo que más le gusta al turista es lo pintoresco. Es un hecho lamentable, y no me gusta decirlo, pero creo que una parte considerable de lo pintoresco es la pobreza. En sí mismo esto podría ser una razón para rechazar lo pintoresco, pero es difícil, porque la afición a lo pintoresco es una peculiaridad humana. Incluso Gerarld Brenan admite esta verdad tan poco apetecible en su libro «Los rostros de España». En referencia a los mendigos y vendedores callejeros de Málaga de los años treinta escribe lo siguiente: «Estas escenas son sin duda uno de los placeres del viajar en los países del sur: estimulan el sentido de la vida por el medio de poner ante los ojos del viajero la lucha por la existencia.
¡Pero la pobreza que representan!… Esta búsqueda por la comida pasando visiblemente delante de los ojos puede resultar angustiosa, pero también es, hay que admitirlo, estimulante.
Carga el aire con deseos y anhelos reales.
Nos sentimos muy lejos de Bournemouth y Torquay con su existencia de babosa tan aletargada».
LA AGRICULTURA COMO ATRACCIÓN TURÍSTICA
La agricultura es también una experiencia turística muy satisfactoria. No hablo de los trabajos aburridos de la agroindustria, sino de la agricultura del pueblo, de los campesinos. La agricultura en pequeña escala es innegablemente pintoresca, especialmente trabajos tradicionales como arar con mulos, segar con hoces, trillar con el trineo y aventar a mano. Sin embargo, es muy raro hoy en día ver estas actividades.
También los animales agrícolas resultan populares; una cabra, por ejemplo, es buena.
No hay muchas cabras en los países de Europa del norte, y por eso la mera vista de una da al turista un escalofrío de lo exótico y le hace buscar su cámara. Los mulos también suelen ser muy populares. Una vez que han aprendido cómo diferenciar el mulo del caballo -mayormente una cuestión de orejas- se ponen muy animados con la vista de mulos cargados o, tanto mejor, con una yunta de mulos arando.
Una pareja de mulos hermosos arando propicia más o menos el colmo de la euforia turística.
Pero la cima absoluta del deleite turístico es el burro, un animal que tiene un efecto emocional y sentimental casi irresistible sobre todos los que lo contemplan -un efecto que aumenta de forma exponencial si está acompañado por su pollino-. La mera presencia de un pollino es capaz de levantar unas vacaciones bastante ordinarias a esferas de deleite celestial.
Desafortunadamente, los burros se encuentran casi en peligro de extinción; a pesar de las subvenciones generosas para su mantenimiento, apenas se les ve hoy en día. Hace dieciocho años, cuando llegué a las Alpujarras, las calles estaban llenas de burros, el único animal capaz de navegar los callejones pendientes y estrechos de los pueblos con una carga útil. Para los turistas eran una fuente de deleite. Pero hoy su trabajo se hace con el volquete o «dooper», como se denomina en la región.
LOS POLLINOS DE ESPARTO
Hace algunos años hubo una moda, quizás como respuesta a la disminución de los burros, por comprar pollinos hechos de esparto. Estos artefactos tenían un éxito enorme con los turistas. En aquel tiempo mi hermana era azafata y me contó que la cosa se había puesto tan extrema en los vuelos procedentes de España que la aerolínea había prohibido a los pasajeros llevar consigo sus pollinos a bordo. El problema consistía en que estos bichos eran grandes -casi de tamaño natural- y se habían hecho tan populares que en un avión de unos doscientos pasajeros podía haber hasta un centenar de pollinos de esparto arremolinándose y luchando por el escaso espacio. Se pueden imaginar la escena…
ARTESANÍA
Esto me lleva a otro apartado de mi discurso: la artesanía, otra atracción turística poderosa. También nace de la pobreza y, además, tal como el burro, es otra cosa que va disminuyendo. Dicho esto, escribo mientras hay una feria de artesanía en Pampaneira, uno de los pueblos de la sierra de encima de mi casa. Mostrando sus géneros hay unos ceramistas, un par de carpinteros, uno y otro herborista, un puñado de artesanos de cuero, unas tejedoras muy buenas y un montón de secadores de jamón (la especialidad de la Alpujarra). Hay varias ferias similares en la Alpujarra, y la gente acude por miles… pero parece un fenómeno en sus últimos pasos hacia la extinción.
Casi nadie, por ejemplo, sigue trabajando con el esparto -no estoy hablando de los pollinos- de cuerdas y alforjas, cestos, fartigueros, alfombras y alpargatas. Hoy en día no es necesario.
Es un trabajo muy duro en los días calurosos del verano, y los productos de esparto salen brutos y gruesos; era la materia prima de los pobres. Ya nadie lo quiere.
FERIA DEL LIBRO
Pampaneira goza de más éxito con el turismo que los demás pueblos de la Alpujarra, quizás porque tiene una alcaldesa con imaginación.
Por ejemplo, hace unos años el pueblo se encontró con una biblioteca, pero sin libros para llenarla. La alcaldesa organizó una feria, y todos los visitantes tuvieron que traer un libro -un libro cualquiera- para la biblioteca. Al final del día la biblioteca estaba a reventar con más de nueve mil libros. Y para un pueblo de trescientos habitantes y un tercio de ellos analfabetos, nueve mil libros son muchos. El secreto de la feria fue que a la vez hubo una enorme matanza y asado de marranos en las calles del pueblo.
Se decía que se olía la carne asada incluso en la lejana Granada, de donde vinieron la mayoría de los visitantes con sus respectivos libros.
DISMINUCIÓN DEL TURISMO EN LA ALPUJARRA
Sin embargo, aparte del éxito de Pampaneira, parece que el turismo va disminuyendo en la Alpujarra, lo cual va a ser duro, porque aparte de los secaderos de jamones y los rastros insignificantes de la agricultura, el turismo rural es todo lo que hay. Lo sé porque el hotel y la empresa de autobuses con los que trabajo me dicen que han cancelado docenas de grupos el año pasado por falta de interés. Y en los que vienen noto una cierta desilusión. Cada vez tengo que hacer mayores esfuerzos para buscar buenas experiencias turísticas.
RESTAURACIÓN DE LA ARQUITECTURA
Es otro hecho lamentable que mientras somos más prósperos tendemos a rodearnos de chabacanería y fealdad, y por eso vivir en un entorno de belleza y tranquilidad se convierte cada día más en un privilegio. Un ejemplo llamativo es la restauración del Palacio de los Condes de Sástago en Orgiva, la ciudad principal de la Alpujarra: fue un palacete del siglo XVI de proporciones atractivas y a los hueveros, los habitantes de Orgiva, les gustaba mucho. Hay que admitir que necesitaba una reparación, porque estaba a punto de hundirse.
Pero su restauración insensible, con el uso de arquitrabes de aluminio y canales de pvc, ha destrozado totalmente su encanto.
Y luego están las carpas municipales, que son edificios tan repugnantes y tan desprovistos de calidad arquitectónica que recuerdan a naves industriales. Orgiva posee un ejemplo especialmente monstruoso, y otra más pequeña se ha construido en mi pueblo de Tíjola, con sus cincuenta habitantes. Hay ejemplos de esta nueva arquitectura de prosperidad lamentable en todos los pueblos. El anteriormente bonito Trévelez, por ejemplo, con su importancia de ser el pueblo más alto de la Península, ha sido ahogado por los enormes secaderos de jamones, bloques de apartamentos y hoteles. Traen riqueza y dan empleo, por supuesto, pero ojalá hubieran sido concebidos con más sensibilidad. Una vez que la belleza se ha destrozado, es difícil restaurarla.
CAMINOS
Y luego están los caminos; la Alpujarra tiene toda una red de caminos. Algunos son tan bonitos que son monumentos en sí mismos, con sus peldaños de piedra pegados a los tajos o serpenteando por los contornos de las montañas.
Puede ser que estos caminos sean de tiempos de los romanos, porque los romanos vinieron a la Alpujarra por la caza, los minerales, y a cultivar las agallas de las encinas para su tinte colorado. Pero si no fuera el caso, sí es cierto que eran los caminos que usaron los moros para subir de pueblo a pueblo por este terreno tan pendiente y quebrado. Los construyeron según alguna sabiduría arcana de los antiguos, ya perdida para nosotros, tanto que mientras subes vas ganando altura sin esfuerzo, y cada curva es un mirador desde donde uno puede gozar de las vistas más bellas. A mis turistas y a mí, nos encantan.
Pero ya quedan muy pocos de estos caminos, hay que saber encontrarlos. Donde se pisa con frecuencia, han sido enterrados por las pistas del bulldozer, y donde se pisa con menos frecuencia o son tan pendientes que no hay manera de meter una pista, se han desmoronado, y a veces, con las terreras y el monte descuidado resulta difícil encontrarlos. Me han contado que en Cataluña -y estaré muy interesado en saber cómo es en las demás comunidades montañeras- se han empeñado en restaurar todos los caminos antiguos, porque son conscientes de que los caminantes contribuyen en gran medida a las economías locales. Por desgracia, esta idea todavía no ha llegado a la Alpujarra y cada año esta parte tan antigua y bella de nuestro patrimonio va desapareciendo para siempre.
LOS PUEBLOS DE LA ALPUJARRA
La atracción de los pueblos alpujarreños consiste en parte en sus espacios tan precarios y espectaculares, y en parte en su pintoresco encanto arquitectónico. Son los únicos pueblos con tejados planos en toda Europa, y dentro de las limitaciones de esta forma arquitectónica se ha desarrollado una belleza muy curiosa.
Cada pueblo está situado en el centro de una falda de bancales cultivados, con sus campos de frutales y prados, y se conecta a las sierras por el cortón umbilical de la acequia o canal de irrigación. Por la acequia corre el agua del deshielo de las nieves y de los acuíferos, que se distribuye por canales menores entre los pueblos. Es todo un placer ver estos curiosos pueblos blancos, con el contraste entre las cultivaciones tan cuidadas y las agrestes y baldías inmensidades de montaña salvaje que las rodean. En tiempos pasados cada pueblo era un pequeño Edén que satisfacía la mayoría de sus propias necesidades: aceite, frutas, verduras, carne, leche, lana, seda, materiales de construcción y leña.
Pero es duro ganarse la vida con la agricultura, y nada más que un puñado de hombres siguen haciéndolo. Los jóvenes no quieren trabajar en ella, lo que es comprensible; ganan más dinero con el turismo, la construcción, la informática o incluso el paro. Así que la agricultura se está muriendo: los balates que apoyaban los bancales se hunden, los frutales descuidados se marchitan; las acequias traen
cada año menos agua por falta de mantenimiento -todo el sistema tan mágico se encuentra asolado por las malditas cabras tan pintorescas-. Y con la pérdida de la agricultura mucho del encanto del pueblo y sus alrededores desaparecerá. También será difícil restaurar esta belleza.
LAS AMENAZAS DE FUERA
Además de este descenso paulatino hacia el abandono, la agricultura alpujarreña sufre constantemente las amenazas de los especuladores que quieren apropiarse de las aguas de Sierra Nevada para sus proyectos grandiosos:
campos de golf, urbanizaciones inapropiadas, etc. Los habitantes de la Alpujarra se hallan en un estado de lucha constante contra estas depredaciones. Y a mí me parece imprescindible luchar, porque no es sólo una cuestión de nuestro propio placer ante un paisaje, sino del patrimonio de todos, del mundo que van a heredar nuestros hijos y nietos. Donde no hay suficiente agua para el buen funcionamiento de las acequias se nota ya la desaparición de las fuentes que desde tiempo inmemorial han sido el deleite de los habitantes y visitantes a la Alpujarra, y también la muerte de los bosques de castaños que forman una parte tan llamativa de la belleza de nuestro entorno. Supongo que esta lucha contra el robo de los
recursos es un tema constante en todas las comunidades de montaña.
CONCLUSIÓN… LA INFRAESTRUCTURA DE LO PINTORESCO
Cuando pasamos de la pobreza a la prosperidad perdemos algo de lo pintoresco, y lo pintoresco desde un punto de vista económico, turístico e incluso espiritual es algo que vale la pena conservar. Creo que deberíamos tomar en serio la conservación de la infraestructura de lo pintoresco.
