Por los caminos montañosos de la economía

JOSÉ ALBA ALONSO
Profesor Titular de Economía Aplicada de la Universidad de Oviedo

Quiero expresar mi agradecimiento por gozar de la oportunidad de contribuir al debate sobre el papel de la investigación en la sociedad y, particularmente, en las zonas de montaña. Mi entorno familiar, personal y profesional me hacen sentir muy de cerca la necesidad de cooperar en beneficio de territorios que tanto nos dan y sobre los que las transformaciones que se producen en la sociedad arrojan desafíos importantes.
Formamos a este lado de la sala algunos estudiosos de la geografía, la sociología, la antropología y la economía, y el título que preside nuestra discusión alude al papel de las ciencias sociales. No pretendo dar «la visión», sino «mí visión», que, junto con muchas otras, puede arrojar luz para entrever la complementariedad de las tareas que todos desarrollamos, particularmente en cuanto que puedan contribuir a mejoras de lo colectivo.
No sería honrado por mí parte dejar a un lado referencias que me han marcado y que abundan en la interacción ciencia-sociedad. Me formé inicialmente en una Universidad que da nombre al «grupo de Oviedo», donde se prodigó la Extensión Universitaria, y en la que el casín Don Fermín Canella – que llegaría a ser uno de los más importantes rectores de la Universidad de Oviedo – posó para una foto de estudio, recién doctorado, con el traje asturiano, en una muestra nada difundida ni valorada de compromiso con su tierra. Gocé del magisterio de profesores como Rafael Anes, Jesús Arango, Elvira Chacón, José Luís González y Santiago Melón, modelos de rigor y compromiso.
Tuve la oportunidad de realizar el doctorado en otra institución, la Universidad Autónoma de Madrid, donde desde Antonio Vázquez Barquero, entonces Director del Departamento de Estructura Económica y Economía del Desarrollo, hasta el más joven de los investigadores, han tenido siempre muy clara la idea de que la ciencia no se guarda en los museos ni se aprende sólo en las bibliotecas. Seguramente la proximidad de profesores como Fernando González Bernáldez o Ramón Tamames, que tuvieron gran cuidado de aplicar el método científico pisando el terreno, ha propiciado una mayor comunicación con el mundo real, favoreciendo el trabajo de personas como los profesores Santos Ruesga, Gemma Durán, Jesús Regidor, Antonio Fernández, David Rivas y tantos otros que han abordado estudios sobre ruralidad, agricultura y medioambiente.

Como profesor me he beneficiado de colaboraciones con los economistas Luis Valdés y Pepe Rivero, el informático Juan Manuel Cueva, el ingeniero Cándido Álvarez , el filósofo López Cerezo y el ecólogo Miguel Ángel Álvarez; también soy deudor de INDUROT y CeCODET, amén de mis compañeros del Grupo de Investigación sobre Territorio y Desarrollo Sostenible, entre los que se cuentan el geógrafo Aladino Fernández y los juristas Rosario Alonso y José Manuel Pérez, o de economistas como Pablo Campos (CAMPOS, 1982) y Pere Riera (RIERA, 1998), sin dejar de lado a otros que, en diversos ámbitos, han considerado producciones agropecuarias, como Antonio Álvarez Pinilla o José Antonio Méndez, con interesantes trabajos recientes sobre productos ecológicos.
En el periplo indefinido que supone relacionarse con el entorno he aprendido mucho en cada etapa, desde los primeros Seminarios en el Valle del Ese o los Encuentros en Torazo, hace muchos años, como en colaboraciones varias en Cordillera Cantábrica, Pirineos, Peñalara…coincidiendo unas veces con Luis Pérez, otras con José Manuel Naredo, con Diego Azqueta, Javier Calatrava y tantos economistas empeñados en tareas de investigación y difusión.
Dejo a un lado aprendizajes, importantes también, que quedan fuera de España y su montañosa realidad.
Cuento todo esto para expresar muy claramente que soy consciente de que el clima científico en el que me he desenvuelto no ha sido ajeno a la realidad ni, en concreto, a las zonas de montaña. Puedo afirmar que parte significativa de las personas y grupos citados han trabajado y aportado mucho en labores que van desde la investigación rigurosa y la innovación al apoyo personal a las gentes y al desarrollo.
Estando en Somiedo, sería imperdonable ignorar el excelente trabajo coordinado por Jorge Marquínez (MARQUÍNEZ, J. et al., 1986), con una aportación científica muy significativa, a la par que una influencia directa determinante en el devenir del municipio, cimentada en la continuada presencia muy activa de los investigadores en el territorio. Baste decir, como ejemplo, que el trabajo de campo desarrollado para estimar la cabaña ganadera somedana duplicó la cuantificación de vacuno existente en una labor cuasidetectivesca desarrollada por el economista Miguel Ángel Martínez. Excelente glosa de la aportación científica sobre Somiedo es la que se recoge en la propuesta para avalar la candidatura somedana a Reserva de la Biosfera (FERNÁNDEZ PRIETO et al. 1999). Pero también sería pecado olvidarnos de Juan Uría, Constantino Cabal, o Adolfo García, incluso más allá de las Ciencias Sociales, me permitiría citar a Ana Cano, con su trabajo lingüístico sobre Somiedo, a Eva García con sus estudios sobre remedios curativos tradicionales o a Efrén García, en torno a la Mesa y su arquitectura, antes de que se produjese la catarata de publicaciones sobre Somiedo y su Parque.
Los Picos de Europa también han tenido sus muchas personas empeñadas en la mejora continua, desde geólogos e ingenieros ilustres a ecólogos o geógrafos como Martinez de Pisón, o el excelente equipo interdisciplinar que produjo un trabajo admirable (INITEC, 1986) no valorado ni aprovechado por los políticos, atentos al corto plazo. E igualmente debo decir que tuve la suerte de vivir directamente la presentación del proyecto que Venancio Bote elaboró para Taramundi, presentado en el Día Mundial del Turismo de 1986, en Avilés, y que marcó un antes y un después en los confines occidentales de Asturias.
Hay, pues, sin salir del ámbito inmediato, referencias suficientes para valorar que han existido iniciativas, vínculos, colaboraciones diversas entre el mundo científico y las áreas y actividades más recónditas. Hace mucho tiempo que existen las montañas y son diversas las aportaciones científicas que guardan estrecha relación con la montaña y tocando el terreno.
Pero la percepción puede ser otra y tal consideración hace surgir algunas preguntas ¿Estamos, pues, en un mundo en el que la ciencia coadyuva en el desarrollo, más allá de las sedes nobles del capitalismo?.¿Cuáles son, pues, las dudas que caben?. Hemos de abordar varios puntos para responder, aunque de forma incompleta, a cuestiones que trascienden actos como éste.
Por una parte, se han volatilizado las certezas de antaño, y me remito a lo escrito hace mucho para insistir en el ahondamiento del problema: «Las transformaciones acaecidas en el medio rural y en la sociedad han sido de tal magnitud que obligan a realizar un replanteamiento muy amplio… si hubiese que buscar una palabra para definir el sentimiento al respecto de quienes mantienen su ocupación económica principal vinculada al campo, es fácil que nos viniese a la mente el término perplejidad… resulta sumamente difícil entender una situación en la que parece haberse quebrado la valía de la actividad agropecuaria tal y como la concibieron muchas generaciones de campesinos hasta fechas bien recientes» (ALBA, 1994). En esa debacle es normal que proliferen supuestas soluciones inmediatas, al margen de formulaciones más generales y realistas, lo que constituye un lastre no desdeñable para que las aportaciones científicas puedan germinar.
Igualmente, sería deseable que hubiese mayor colaboración entre instituciones, mejor comunicación y un aprovechamiento claro del conocimiento en beneficio de la colectividad.
Pero tales orientaciones habrían de exigir la posibilidad de que la producción científica fuese una tarea colectiva y continuada y no el esfuerzo voluntarista de quienes se han empeñado en una tarea sin disponer de medios (sobre todo organizacionales) ni de de nexos consolidados a través del tiempo.
En tercer lugar, hemos de decir que dentro de la producción que la sociedad fija como prioritaria para la comunidad científica, proliferan estudios academicistas que, necesariamente, dejan fuera buena parte del esfuerzo que debiera ser canalizado, más rentablemente, a temas como pudiera ser el que nos ocupa aquí. Los estímulos, son, pues, incoherentes con fines y objetivos largamente difundidos aquí y allá.
Finalmente, hemos de reseñar que vivimos en una sociedad que no ha comprendido todavía la importancia de la I+D+I, en muy diversos ámbitos, por lo que se pretende que la ciencia realice su aportación sustituyendo o reemplazando a especialistas, en lugar de cobrar mayor protagonismo en los estudios básicos, los grandes planteamientos, en el uso del conocimiento, en la difusión y en la innovación. Se atisba, sin embargo, una tendencia de mejora, sobre todo en ámbitos determinados, aunque es mucho el camino a recorrer hasta valorar la importancia que la ciencia pudiera llegar a cobrar, siguiendo la estela de países como Estados Unidos o varios de la UE, donde la normalidad permite que fluyan las colaboraciones científicas en campos muy diversos.
Dicho esto, intentaré acercarme al ámbito más concreto de las jornadas, tratando de dar respuesta a algunas de las preguntas formuladas:
1. Está por definir el papel que ha de jugar la ciencia en la búsqueda de soluciones adaptadas a la gestión de recursos naturales de las montañas. Bajo mí perspectiva, cabría considerar:
– La explicación del funcionamiento de los complejos subsistemas que interaccionan con el económico
– La identificación de posibles nuevas articulaciones entre recursos y necesidades
– La conveniencia de proporcionar a quienes viven en la montaña una interpretación de su entorno, imbricando sus claves y conocimientos con la sociedad y el mercado, consiguiendo mayor perspectiva.
2. La duda entre la promoción de la investigación básica, aplicada o local no parece relevante. Existe una complementariedad clara, pero no dudo en decantarme, ante la conocida restricción que tan bien conocemos los economistas, por la aplicada y la local. Parece necesario responder, cuando así se plantee, a las necesidades más cercanas, entendiendo que existen ventajas competitivas importantes al respecto para quien trabaja en Asturias, León, Galicia o Cantabria, estando en otros ámbitos, seguramente, quienes pueden progresar más en investigación básica.
3. Ante la interrogante sobre la especialización y la transversalidad del conocimiento cabe decir algo parecido. Se complementan, pero no sería posible entender realidades tan complejas como la montaña si no se tuviesen planteamientos de conjunto, capacidad de integrar campos diversos y, sobre todo, actitud de escuchar y discutir.
4. Respecto a la necesidad o no de nuevos métodos, me atrevo a decir que no es una cuestión esencial para investigar ni para interactuar. Lo que hace falta es que exista clara voluntad de trabajar conjuntamente y facilitando la comunicación. Es algo en lo que debemos progresar tanto la comunidad científica como las instancias administrativas y también, cómo no, el paisanaje.
5. La vinculación economía agraria – sociedad rural – conservación de la naturaleza parece inevitable, aunque reniego de la denominación de economía agraria. El problema que se nos plantea es valorar las posibles aportaciones y retornos de cada cual, procurando que los bienes comunes no sean privatizados y liquidados. Para ello es preciso que la sociedad sepa identificar y apreciar diferentes intangibles que se han considerado un regalo de los campesinos al resto de la comunidad. Pero tales planteamientos nos obligan a huir de formulismos administrativistas con los que sabemos cómo las Comunidades Europeas (hoy Unión Europea) han conseguido que la sociedad rural, a la que habría de haberse destinado una parte sustancial del presupuesto, reniegue de la ilógica de los sistemas implantados.

Recapitulación
El mayor obstáculo a superar es la falta de comunicación y el trabajo a corto plazo, mediatizado por los procesos electorales.
El éxito está muy vinculado a personas, talantes y querencias.
Es imprescindible expresar con claridad los intereses grupales, como paso previo para llegar a acuerdos.
Hay que definir marcos de colaboración para que converjan intereses y esfuerzos, con una prolongación en el tiempo.
Todo ello nos lleva a pensar el atraso acumulado en cuanto a la configuración de equipos y la dependencia de iniciativas muy plausibles, basadas en la genialidad o en esfuerzos muy puntuales. Por ello, plantear reflexiones de esta índole constituye un ejercicio de responsabilidad y un primer requisito para establecer las bases de una colaboración tradicionalmente basada en lo excepcional.
Quisiera acabar esta intervención agradeciendo expresamente su labor a personas que trabajaron en la línea de vincular ciencia y sociedad, y repasando la nómina del inicio, he de citar a Emilio Murcia Navarro, quien como geógrafo y como político tendió puentes como los que aquí pretendemos ampliar y multiplicar y, como hice en los agradecimientos de mi tesis doctoral, reitero la gratitud a cuantas personas aguantaron preguntas y repreguntas interminables, particularmente a cada uno de los somedanos que nos permitieron explicar la dinámica de los aprovechamientos en cada parte del territorio e incorporarlas a un GIS. También me complace reiterar mi satisfacción por haber sido invitado y participar en este debate tan oportuno.

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ACD | Montaña Palentina

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