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La idea de cultura en los espacios protegidos “de montaña”

GONZALO BARRENA
PROFESOR DE FILOSOFÍA, AUTOR Y COAUTOR DE VARIOS LIBROS SOBRE EL MEDIO RURAL

1. LA PROTECCIÓN DE LA CULTURA
Entendiendo «cultura» -en un sentido ampliocomo el cúmulo de aciertos que los grupos humanos consiguen en su relación con el medio y entre si, resulta frecuente tropezar con una situación paradójica cuando esas realidades culturales se alojan en espacios protegidos por la ley: las figuras de protección arropan con cierta eficacia el medio físico o biológico pero se muestran poco eficaces ante la dimensión «cultivada» de esos espacios.
Por eso proponemos desde este documento un levantamiento de sus rastros, una mirada detenida y distinta que promueva la recuperación de la consciencia sobre todas esas realidades que operaron y operan en el marco territorial de los espacios protegidos.
Y ello porque, incrustadas en la piel de esos espacios, ocultas por la vegetación en las superficies dejadas de la mano del hombre, perdidas de vista por el extrañamiento del hábitat y desnutridas por la falta de uso, dormitan inadvertidas auténticas piedras preciosas de nuestro patrimonio cultural.
Especialmente inadvertidas por la cultura académica, que se ha vuelto decimonónica y aislada en sus planteamientos, y desprotegidas en general por falta de reconocimiento, esas culturas sobreviven como pueden hasta que la casualidad o el interés personal las convierte felizmente en objeto de atención.

Por ejemplo, en muchos concejos asturianos, valiosos documentos que regulan desde siglos el uso del terrazgo colectivo (erías, praderías, pastos…) permanecen en manos de particulares sin noticia ni protección institucional alguna. Quienes los custodian lo hacen por encargo explícito de esas mismas ordenanzas, pero la antigüedad y las condiciones exigibles para la conservación de esos documentos (conocemos algunos en piel de becerro, pergamino o papel en franco deterioro) requieren una actuación urgente por parte de los servicios institucionales de documentación: la necesidad de su conocimiento es tan imperiosa como su copia o protección. Y todo ello a modo de ejemplo, porque en los espacios protegidos son muchos los yacimientos patrimoniales que permanecen sin la percepción ni la catalogación oportunas.

2. LAS CULTURAS DE MONTAÑA
Cuando la cultura y los espacios protegidospertenecen a entornos montañosos, su desapercibimiento viene acompañado de consecuencias con peor retorno. Ya desde las primeras descripciones, los espacios de montaña suelen ser objeto de torpes descalificaciones, que imposibilitan después su correcta concepción: su terreno suele ser identificado como improductivo, intransitable, de difícil acceso, aislado, etc …calificativos afectados por prejuicios de corte urbano que lo jerarquizan todo de acuerdo con el criterio simple de la aglomeración.
Si revisamos este tipo de conceptos enseguida advertimos su inadecuación: un territorio de montaña suele producir queso de cabra, carne, itinerarios deportivos, descanso y conocimiento patrimonial, por lo que difícilmente puede despacharse como «improductivo».
Por otro lado, el «difícil acceso» debe matizarse ya que las distancias en el seno de tales espacios han sido moderadas por las nuevas redes de comunicación, mientras que la entrada o salida a las grandes urbes, así como el discurrir por su interior o el aislamiento de buena parte de sus residentes se han convertido últimamente en nuevas y desubicadas versiones de los antiguos problemas de incomunicación, castigando ámbitos que no son precisamente «montañosos».
Pero volviendo al asunto central que motiva este documento, un espacio quebrado y pendiente ni siquiera suele ser conocido en sus parámetros fundamentales. Para empezar, se desconoce su superficie y se simplifica cómodamente el relieve, cosa que por otra parte nunca hace quien lo camina o lo aprovecha con el ganado.
La obra pública, orientada por los grandes movimientos de tierras y las actuaciones «urbanísticas» tampoco lo estima en su medida: carece de modelos contenidos, respetuosos o «estéticos» que se amolden a su naturaleza, y por todo ello la montaña resulta desapercibida en su identidad esencial, que para nosotros es: «Un medio complejo, de gran fractalidad y -como consecuencia- de un encriptamiento que requiere reiteración de la mirada y avecinamiento, condiciones imprescindibles para su correcta percepción» … y para conjurar el «paracaidismo» que caracteriza otras formas de aproximación: ni de ocho a tres, ni evitando el camino o la profundización territorial, y sobretodo, sin asimilar los códigos culturales del espacio en cuestión, se puede aquilatar la verdad de su geografía.
Por otra parte, el entorno de montaña es un medio exigente y -por eso mismo- generador de estrategias y comportamientos de ajuste fino, valiosos, muy depurados por el uso e imperceptibles para simples «visitantes»: requieren para su justa medida la intervención de técnicos culturales «de la tierra»,  sto es, un tipo nuevo y solvente de profesionales del territorio.
Y todo ello porque el espacio de montaña es, por naturaleza, el espacio de lo sostenible, el paradigma de los escenarios pequeños y concretos que exigen ese ajuste preciso en cualquier actuación en materia de carne, queso, ganado, arquitectura, obra pública o depósito patrimonial.3. EL ESPACIO DE MONTAÑA COMO «CAMPO DE MINAS»
Si empleamos la metáfora es porque resulta pertinente: estallan de modo imprevisible grandes depósitos de conocimiento bajo los pies -nuevamente el requisito de contacto físico- del investigador. Este documento ha sido redactado desde tal presupuesto y considera fundamentales los campos y temas que se detallan a continuación.
3.1 El espacio y actividad de majada
Anuestro entender, el principal depósito cultural de las zonas de montaña está vinculado a los aprovechamientos ganaderos, y ello resulta relevante por antiguas y por nuevas razones.
En primer lugar porque el primer pastoreo cantábrico hunde sus raíces hasta los 6.500 años -casi 7000- de antigüedad. El pastoreo de cabras, el más antiguo en los procesos de neolitización, también es el más antiguo peninsular y en algunos ámbitos de cantábricos -especialmente en el conjunto de Los Picos de Europa- es especialmente significativo. Que los suelos de la cordillera y de las cuencas subsidiarias constituyen el espacio paradigmático de aprovechamientos cabreros lo corrobora no sólo la historia local sino el hecho incontestable de que sus últimos ocupantes mantienen aún la reciella de cabrío como sección productiva.
No en vano la primera cabra doméstica, la cabra pazán toma el nombre del dialecto parsi (Irán-Afganistán) donde refiere suelos agrestes.
Pues bien, existen sobrados fundamentos territoriales para considerar nuestra montaña como sede principal de esas prácticas y actividades:
-Hay varias tierras, Los Beyos, Cabrales, Valdeón, de especial vocación cabrera
-Existió agriotipo en la región (cabra montés)
-Existe término específico en la lengua local para la cabra montés: mueñu
-Existe término para la cabra asilvestrada: xira
-Existe raíz indoeuropea (ag-) en algún término para el cabrío: igüedu-a (cabritos de año) Y sobretodo, de lo que hay constancia en este sector de la cornisa cantábrica es de una de las principales manchas queseras europeas, concordante con todos los testimonios que hemos recogido sobre esa actividad, que aparece asociada principalmente al pastoreo de cabras y que tiene en el amajadamiento de montaña su razón de ser primordial.
El origen de las prácticas queseras se retrasa cada vez más y la constatación de elaboración temprana alcanza ya los 6.000 años de antigüedad, como es el caso de las grasas lácteas queseras atestiguadas en Bretaña por investigadores de la Universidad de Bristol.
Pero el queso es a la vez un producto de gran actualidad, sobretodo si atendemos al precio que alcanzan algunos quesos artesanales de la comarca que, como el Gamonéu (Asturias), llega a sobrepasar los 30  por kilogramo.
En unos u otros casos, el queso viene siendo desde hace siglos un modo eficaz de almacenar proteína y obtener plusvalía en el pastoreo de montaña: resiste el tiempo, el almacenamiento, el transporte y la comercialización en la ferias de estación que jalonan la periferia de la comarca. Y tampoco es vana la asociación entre el nombre de la actividad y el «hacer»puerto»: «subir a hacer la renta» (la renta del queso) es uno de los modos locales de identificar la actividad de majada.
Y precisamente esa actividad ha promovido la consolidación de uno de los espacios culturales más ricos y genuinos de los entornos de montaña, la majada, cuyo nombre, en unos u otros supuestos etimológicos, siempre refiere una raíz cultural homogénea: la «malla» con la que se apriscaba el ganado, la «magalia» o choza de pastores, el «malleus» de la estaca con que se cierra un predio o el «mallon» de la lana. En cualquiera de las opciones el término hace referencia a la actividad de pastor con ganado en el espacio de montaña, donde resulta imprescindible concentrar cada noche el ganado menor para su ordeño y preservación de la depredación, el despeñamiento o el extravío.
En la actualidad, el término «majada» sigue nombrando un asentamiento de pastor, nucleado por una o varias cabañas -chozas, txabolas- apriscos y corrales para el ganado -cortes, cuerres, beyales, veros, etc- fresnos u otros árboles para la sombra y ceba tardía, y abrevaderos o puntos de agua. A su alrededor, en forma de sitios, nombres, arquitecturas y usos, se desarrolla una muy bien preñada cultura
que resulta imprescindible conocer o re-conocer en cualquier planeamiento que aspire a la protección patrimonial.
3.2 Las técnicas constructivas locales
Cuando se oye hablar, por ejemplo, del «románico palentino» o del «hórreo beyusco» el sustantivo entraña una abstracción que simplifica el valor identitario de lo local, y que precisamente se alberga bajo el adjetivo. En estos casos, «románico» o «beyusco» -que ciertamente operan como heterónimos de espacios de montaña- connotan en su carga semántica referencias valiosísimas a los emplazamientos de las edificaciones, al territorio en su conjunto, a los materiales específicos y, en definitiva, a los elementos irreductibles de las arquitecturas locales. Ya sólo las cubiertas de las edificaciones constituyen todo un manual de historia territorial, y no sólo por la diversidad de soluciones (lastra, tapín, brezo…), sino también por las referencias que conciernen a teja, tejeros, hornos y lenguaje; y no menos sustanciosas resultan las prácticas y estrategias constructivas de cada zona, cuyo recuerdo aún refiere la valoración de escuelas y líneas de cantería, oportunidades del lugar, necesidades asociadas a la grey y su manejo, o explicita interesantes cuestiones de estética también local.
3.3 El lenguaje y el relieve
cultura_0El lenguaje de montaña constituye uno de los primeros modos de acomodación al relieve, el primer apoyo que elaboran quienes no tienen otro remedio que adaptarse prudentemente a él. Pero los vocabularios específicos están sólo parcialmente estudiados, ya que el filólogo únicamente registra los ítems que conoce o con los que se tropieza durante el trabajo de campo -que suele ser irremediablemente parcial- quedando sin registro inmensos campos de conocimiento ganadero-geográfico que permanecen en un fatídico (por recesivo) descuido. Así:
– Los catalogadores de género y edad para el ganado
– Los descriptivos de capa y color
– Los términos específicos para el tipo de ubre o cuerna
– Los que refieren defectos o particularidades
– Los términos que apuntan a comportamientos concretos o enfermedad
Y aún con mayor gravedad, todo el abanico semántico que en las culturas de montaña resuelve asuntos de relieve ha sido torpemente arrinconado por la cartografía militar, oficial o excursionista. Usurpándole a las sociedades locales el poder de nombrar, han sido cometidos escandalosos errores de denominación, perversiones semánticas y tropelías gramaticales sinnúmero, levantando acta sobre el papel de una auténtica manía colonial: se ocupa un territorio desde la prepotencia bélica y administrativa, o desde el no menos fantástico sueño de aventura y ocupación de territorios «vírgenes». En todos los casos, se atropella irresponsablemente el prolijo y bien fundamentado repertorio de nombres locales de lugar.
Por todo ello, y por razones de no menor calado (despoblamiento, recesión o extición de actividades, etc.), emerge una obligación perentoria: el registro urgente de la oralidad, máxime cuando estamos asistiendo en el momento presente a uno de los relevos culturales de mayor trascendencia en la historia de la humanidad. Y si antes fueron los notarios, los contratos y ventas, las ordenanzas y la literatura legal en general los motivos y ocasiones de testimonio histórico, hoy día, con la diversidad y potencia de los medios audiovisuales, resulta obligado el registro documental; y también hoy se entiende con dificultad la dedicación exclusiva de esos medios al espectáculo o la política, quedando sin la atención documental debida importantes espacios y fondos patrimoniales, como es el caso del que motiva esta valoración Y así, cargada de potenciales, la administración de los espacios protegidos emite o genera informes, promueve detallados estudios de flora y fauna pero vislumbra con dificultad la obligación que tiene con las culturas alojadas en el medio que protege.
3.4 La territorialidad
Las parroquias y concejos cantábricos, buena parte de los términos municipales castellanos (específicamente los emplazados en zonas de montaña) han sido alzados al dictado y movimiento de los rebaños, pero desde hace cientos de años las instituciones no asamblearias o colectivas, esto es, los caciques, corregidores, alcaldes posteriormente y -últimamente- los responsables de los espacios protegidos (y siempre el estado) han venido apropiándose de la titularidad sobre los ámbitos comunales de montaña.
El resultado: acoso y sitio, degradación, ninguneo de las instituciones colectivas con el objetivo inconfeso de su relevo en la gestión.
Y el objetivo «sensato» que proponemos desde este estudio: la devolución de tales competencias, con un cuidado extremo en la revocación de esos procesos de extrañamiento.
El criterio que debe orientar la restitución de las funciones a sus titulares legítimos es sencillo en estos casos: la protección y rehabilitación de las instituciones colectivas, que en la montaña son indefectiblemente pastoriles.
Ahora bien, en un momento de recesión demográfica como el presente estas labores de restitución han de formar parte de un abanico más amplio de medidas; y, en ocasiones, de un trabajo previo de redefinición de competencias y titularidades colectivas. Pero, en cualquier caso, la pauta de la protección debe ser la de la revitalización de las instituciones históricas y en ningún caso su arrinconamiento o la asistencia a su extinción.
3.5 La caminería histórica
Los grandes caminos, las grandes rutas trasterminantes comparten con determinados espacios -esos que no se atienen a límites administrativos precisos- la capacidad de generar litigios o, su otra servidumbre, el desinterés. Al transgredir el territorio de referencia, padecen el descuido de los ámbitos intermedios y no son percibidos como propios fuera de los recorridos interiores.
Adolecen en consecuencia de inversiones o estrategias que hagan justicia a su verdadero alcance.
Y además sufren males mayores: los itinerarios que coinciden con tránsitos actuales acaban sepultados bajo el hormigón o el asfalto, cuando no son fatalmente revocados. En el medio rural, muchos de ellos sufren el avasallamiento de la tecnología viaria actual, como es el caso de las pistas asociadas a las concentraciones parcelarias o de viales históricos afectados por una casi siempre temible «reparación».
Aún así, el mayor problema sigue siendo la no-percepción de su entidad. Se salvan – y no siempre- las calzadas «romanas», pero se ignoran como si fueran de otro rango los itinerarios ganaderos. El resultado es, como siempre, el descuido -por desconocimientode su estado y valor. Así, los empedrados, las entalladuras en la roca, las armaduras y los arrudos para salvar el tránsito, y el propio diseño y trazo de las acometidas son negligentemente desatendidos por la obra pública.
Ya sólo la toponimia que jalona los recorridos trasterminantes, poco atendida, atesora conocimiento y revela flujos y usos muy alejados del presente: fondas, posadas, cruces, arbolado que ya no existe permanecen arropados bajo el nombre de lugar; u ocultos muchas veces en él.
3.6 La arriería y la carretería
Pero si importantes son los caminos, no menos son los tránsitos trasterminantes que discurrían por ellos, como es el caso de la arriería y carretería, ya históricas, mucho menos documentadas que la conocida trashumancia mesteña.
Así, y tras ellas, desaparecen delante de nuestros propios ojos materiales, ajuares, carros y carretas, arneses, sillas, guarniciones y -lo que es más grave- los últimos testimonios directos de aquel movimiento.
La carga cultural de toda su circunstancia debe ser investigada y documentada con precisión, máxime cuando arrieros y carreteros, de oficio complejo y exigente, arrostraban interesantes funciones de información y noticia, esenciales para la renovación de las sociedades estantes y especialmente significativas hoy. La revisión de la innovación que comportaron, hoy que la televisión ensancha la aldea y apoca el mundo, y que cada vez ocurren menos cosas distintas, cobra un gran valor: la memoria de arrieros y carreteros acostumbrados al cambio monetario, a la medida local y al vuelco de precio y aprecio de las mercancías, puede mostrar la ventaja implícita en el intercambio cultural que ellos supieron entender como lucrativa diferencia de potenciales.
Y como hasta hace bien poco, en las zonas de montaña, ese porteo y tránsito de caballerías pudo competir con el motor, contamos con valiosos rastros aún visibles en los recorridos y en la memoria colectiva: el tráfico del almagre, los caminos «del carbón» o «de la madera», el tránsito carretero de bueyes asociado a las minas de montaña o a la cantería, o los caminos de «sirga», que no resultan tan lejanos al horizonte de la cordillera constituyen buen ejemplo de ello.

4. INVENTARIO DE «YACIMIENTOS» CULTURALES DE MONTAÑA CON GRAN VALOR PATRIMONIAL
cultura_1Por último, y a modo de inventario, se muestra a continuación una relación de posibilidades en el desarrollo de la investigación cultural que proponemos. Todas estas sugerencias comparten en alguna medida la necesidad de evidencia cultural, reconocimiento y protección, además de suponer un interesante e innovador campo de trabajo para agentes de desarrollo vinculados a zonas de montaña. Así, requieren especial atención:
1. El riquísimo universo del conocimiento etológico local
2. La toponimia de detalle o específica, entendida como instrumento para el comportamiento ajustado y percepción del relieve.
3. Las estrategias y técnicas en aprovechamientos extremos (alta montaña)
4. El profuso conocimiento y aplicaciones de los materiales: piedra, maderas, lanas, pieles, cuernas, etc.
5. La aún poco desarrollada cantera local de conocimientos medicinales
6. El amplio y difuso campo de los aprovechamientos energéticos: tiro y arrastre, arietes, batanes y molinos, hornos y forjas, fábricas de luz, entre otros.
7. El comercio y toda su connotación: dieta, producción, necesidades, intercambio…
En fin, todo un mundo de posibilidades para quien pueda o quiera replantearse el concepto de «cultura» en espacios protegidos o «extremos» -como suelen ser los de montaña- y no tenga reparos en desbordar el encorsetado molde de la cultura académica, universitaria u oficial.

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