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Conservación del paisaje rural, la biodiversidad

ROBERTO HARTASÁNCHEZ
Presidente de FAPAS
(Fondo Asturiano para la Protección de los Animales Salvajes)

Naturalista, presidente y fundador del Fondo Asturiano para la Conservación de los Animales Salvajes (1983) y socio y fundador de la Asociación de la Naturaleza Asturiana. De formación autodidacta. En los 80 desarrolla proyectos de conservación de especies y hábitats rurales de interés ecológico como el ‘Proyecto oso’, recuperación de la población de aves carroñeras, distintos programas para la recuperación del oso, proyectos de colmena… ha recibido más de una docena de premios y distinciones entre los que destaca el Premio a la Conservación de la Naturaleza y el Patrimonio Artístico de la Fundación Británica de la Conservación en 1996, por el proyecto de conservación del oso pardo cantábrico.

La charla girará en torno a conservación del paisaje rural, la biodiversidad y la fauna silvestre en las montañas cantábricas, que son aspectos diferentes pero unidos. Respecto al paisaje rural, durante muchos años los que hemos trabajado en conservación tuvimos una especie de incapacidad para entender qué era el paisaje rural. Por un lado, estábamos siempre absorbiendo los criterios de que la naturaleza, cuando se integra en el paisaje rural, era sólo aquello que no estaba intervenido por el hombre. Es decir, que los territorios ecológicamente más estables, y por tanto los paisajes más interesantes desde punto de vista biológico para las especies y ecológico para el territorio, eran aquellos donde el hombre no había puesto el pie. Nuestro caminar nos decía que en cualquier sitio

donde te informabas sobre lo que era el valor ecológico de la naturaleza siempre se refería a los grandes territorios, los bosques primarios no alterados por el hombre, los lugares donde el hombre no ha colocado el pie… en la Cordillera Cantábrica, en Asturias y aquí en Cantabria, en los Picos de Europa, donde hemos trabajado muchísimo ¿donde están esos sitios? Aquí todo está humanizado, hay personas desde hace miles de años, hay una intervención directa del hombre en el territorio y para nada encontramos esos territorios inalterados, primigenios, esos bosques primarios no tocados por la mano del hombre… Según esos criterios más técnicos, aquí no tenemos buena naturaleza, está todo manejado, pero hay que ser tonto para no darse cuenta de que el paisaje es excepcional; y si analizas el paisaje, lo que encuentras dentro también es excepcional, como la calidad de vida animal que aportan estos territorios.
Esto nos hizo reflexionar mucho sobre esos criterios de que la naturaleza pura es sólo aquello donde el hombre no ha intervenido y, por lo tanto, los paisajes sólo son buenos donde se encuentran esas claves de ecología intacta del territorio. En Asturias tenemos bastantes ejemplos que se han querido vender como que la naturaleza fantástica son esos sitios inalterados. Uno, por ejemplo, es el famosísimo bosque de Muniellos, que se ha vendido permanentemente como el último bosque virgen donde ha sobrevivido la biocenosis en su pleno desarrollo,como la joya de las joyas, hasta el punto de que sólo 20 personas pueden entrar a verlo, y tiene solamente una carga de puro mito. Muniellos es un bosque utilizado, manejado de tal manera que desde hace cientos de años se eliminaron especies que no interesaban para uso forestal. Se creó un bosque que sí tiene unas grandes cualidades ecológicas, pero que de salvaje y de natural no tiene absolutamente nada y que, curiosamente, cuando llegas allí y picas a la puerta a ver si te abre un oso, pensando que están en esa maravillosa masa forestal, allí no sale nadie a recibirte, sólo algún corzín de estos que ya no matan los furtivos y que pasta en el prado. Pero si le das la vuelta a la montaña de Muniellos, a la cara sur, que está absolutamente pelada, quemada, con algunas minas de cielo abierto, allí no tienes que picar a la puerta para encontrarte a los osos en unos sitios que no encajan para nada con ese modelo que se ha vendido permanentemente de que la calidad ecológica de un territorio está donde no ha intervenido el hombre.
Esto quiere decir que no hay un paisaje rural por excelencia. Vivimos en un territorio que no cumple con los requisitos que tienen otros territorios enormes y que ya en el planeta se da en muy pocos sitios; tendríamos que ir a parques nacionales como Yellowston, a territorios como la Amazonía, a selvas de centro África como algunas que quedan Guinea Ecuatorial, a las tundras de la Siberia, para encontrar paisajes poco alterados por la mano del hombre. Todo lo demás que tenemos es un paisaje rural en donde el hombre, y más en la Cordillera Cantábrica, ha intervenido durante miles de años modelando el paisaje y creando lo que es la segunda parte de esta ponencia: la biodiversidad. La mano del hombre ha tenido muchísimo que ver en conseguir que lo que ha llegado de biodiversidad hasta nosotros tenga las cualidades excepcionales que tiene. Diríamos que con una aportación que en otros territorios no hay: la orografía.
La Cordillera Cantábrica, un territorio enormemente quebrado, irregular, difícil en todos los niveles, ha permitido que pequeñas parcelas del territorio no se viesen sometidas por falta de interés a otro tipo de intervención humana. Son los lugares más difíciles, en los que esa orografía ha permitido que la fauna encuentre refugio sin necesidad de que su territorio sea una masa enorme de territorio donde no hay hombres. La orografía ha suplido perfectamente lo que para algunas especies es fundamental: el bosque. Para la conservación de los osos es primordial que haya bosques, sin embargo, la población de osos que tenemos en la Cordillera Cantábrica habita en el territorio con menor masa forestal. Curiosamente, nuestros osos cantábricos no son forestales. Es un error decir que el oso en la Cordillera Cantábrica vive en el bosque, el oso vive en la montaña y aprovecha las masas forestales si aportan alimento. Pero para refugiarse lo hace en lo abrupto del territorio, tiene enorme capacidad para encontrar lugar de refugio sin necesidad de que sea una masa forestal fantástica, del tipo de la Amazonía.Conservacion 1
La biodiversidad que tenemos en estas montañas se está favoreciendo de dos factores. Por un lado, de ese carácter abrupto del territorio, y de lo que es más importante para la conservación de cualquier especie, desde la más simple de las lombrices hasta la más exigente desde el punto de vista de la ecología como puede ser el guepardo o el águila real, del refugio y del alimento. En la Cordillera Cantábrica el refugio lo aporta la dificultosa orografía de territorio y el alimento la intensísima ocupación del territorio por parte del hombre. Es un tremendo error, por tanto, vincular el concepto de conservación de una especie a un territorio donde el hombre nunca ha intervenido. Y tenemos ejemplos, el más pragmático en la Cordillera Cantábrica es el Parque Nacional de Covadonga. Se crea el parque nacional con una figura muy clara y con una clave: conservar el territorio tal y como se ha desarrollado por sus propios procesos ecológicos.
La reglamentación jurídica de un parque nacional ignora por completo que ese territorio lleva 6.000 años ocupado e intervenido por el hombre y que el hombre tiene una función importantísima en las claves ecológicas del territorio. En cambio, jurídicamente, lo único que se dice es que se tiene que conservar el territorio porque se supone que así es como se ha formado en el transcurso de millones de años y que es así como se debe preservar para la posteridad.
El resultado es que el Parque Nacional de Covadonga, en el proceso largo de creación y en los años de su existencia, pierde la mayor parte de sus principales valores biológicos: el urogallo, el oso, literalmente pierde la población de aves carroñeras… es decir, que sufre un proceso de degradación porque el modelo de conservación era no tocar nada, y eso implicaba una gestión que ignoraba por completo, anulaba, y en muchos casos marginaba los usos tradicionales, los usos agrarios.
En contra, otros territorios de la Cordillera Cantábrica, sin estar sometidos a ninguna norma jurídica de conservación sí son capaces de mantener y conservar esos valores biológicos y tenemos el ejemplo de Somiedo. Es un parque natural desde hace poco, hasta entonces, sin tener ningún nivel de protección más allá que una reserva de caza, dedicada a la gestión cinegética, ha conseguido salvar sus osos, lobos, los urogallos y los valores biológicos del territorio.
Curiosamente, Somiedo es uno de los territorios más intervenidos por el hombre, donde hasta la actualidad se mantienen desarrollos agrarios tradicionales que poco a poco se han ido transformando y han ido mejorando la calidad de vida. Hay una clave interesantísima que observar: un espacio protegido que ignora todos sus valores internos, como pueden ser el uso humano, pierde los valores biológicos, y otros territorios no los pierden. Es muy importante tenerlo en cuenta porque aquí encontraremos las claves de la gestión.
Si tuviéramos que gestionar contemporáneamente un territorio tendríamos que analizar lo que ha sucedido en otros durante el tiempo y decidir qué modelos de gestión del territorio debemos llevar a la práctica si queremos conservar lo que llamamos genéricamente la naturaleza de nuestra región. Queda muy claro que también hay una asincronía entre el concepto biológico de conservación y el concepto político de gestión del territorio. Diríamos que nosotros hemos aprendido por la mera observación y nos está costando mucho esfuerzo llegar a introducir estos aspectos de la conservación de la naturaleza en la gestión porque hoy día todavía existe una tendencia muy importante de los sectores políticos a fomentar políticas de conservación de la naturaleza que nosotros consideramos absolutamente erróneas, basadas en generar la norma jurídica de conservación de un territorio; la política de crear y dotar parques
naturales de fórmulas de gestión con estructuras de vigilancia y que, curiosamente, los resultados para la conservación de la biodiversidad son mucho más que dudosos.
En cambio, no hay políticas de gestión de esos espacios naturales, o nos cuesta mucho demostrar que las políticas de conservación de la naturaleza deberían ir unidas a las políticas de potenciación de los usos agrarios, al mantenimiento de la actividad agraria en los territorios.
En Picos de Europa, donde estamos, tenemos un ejemplo clarísimo. En estos momentos hay un programa para la reintroducción del quebrantahuesos, ave carroñera que se extinguió en los años sesenta por las políticas de los años anteriores que no valoraban la importancia de determinadas especies de la fauna. Salvo las especies cinegéticas, lo demás no tenía valor. Por tanto existía una cultura de exterminar al lobo y, paralelamente, a todo lo que pudiera acompañar a las especies que consumieran el veneno que se ponía para el lobo. El mayor problema con el que se encuentra en estos momentos el programa de reintroducción del quebrantahuesos es la pérdida de los recursos. Es decir, la disminución de la cabaña ganadera de los Picos de Europa es tan alarmante, la pérdida de los rebaños de ovejas y de cabras es de tal dimensión que están poniendo en riesgo conseguir una reintroducción del quebrantahuesos bajo parámetros de una cierta normalidad y es necesario someter la reintroducción del quebrantahuesos a parámetros de trabajos técnicos basados en una alimentación artificial permanente, un aporte de comida. La alimentación de las aves carroñeras en los Picos de Europa, lejos de estar sujeta a procesos biológicos naturales -como puede ser que las aves carroñeras consumen los cadáveres de los animales silvestres que puede haber en el territorio-, depende de más factores. La intervención humana ha sido tan grande en el territorio y desde hace tantos cientos de años, que lo ha sometido a un proceso ecológico donde la ganadería doméstica es fundamental para la conservación de las aves carroñeras.
Hay una asociación íntima entre el mundo rural y la conservación de las aves carroñeras. En el momento que se desploma uno de los lados de este equilibrio, el mundo rural repercute sobre el mundo natural, desaparecen los rebaños y la capacidad de asentarse de la población de aves carroñeras queda muy limitada. Es un ejemplo clarísimo de cómo en estos territorios está íntimamente ligada la actividad humana a la conservación de la naturaleza.
Conservacion 2En el caso del oso, nos encontramos con el otro ejemplo clarísimo en el que se ve de forma nítida que la supervivencia del oso pardo en la Cordillera Cantábrica está vinculada a territorios con una intensa actividad agraria. En aquellos territorios donde no existe esta actividad agraria el oso está en situación de declive o ha desaparecido. Lejos de creer, como hemos leído en muchos sitios, que la supervivencia del oso depende de la conservación de los territorios con menor intervención humana, resulta que los modernos trabajos de conocimiento de la biología de la especie y de conocimiento de su ecología en el territorio, están demostrando que los osos en estos momentos han conseguido sobrevivir gracias a que se han vinculado a las zonas más humanizadas porque han sido capaces de aportarles los alimentos necesarios. No vivimos, por tanto, en territorios salvajes que tengan autosuficiencia de aportar capacidad de subsistencia a estas poblaciones, sino que siempre la presencia humana en el territorio ha generado una actividad que ha beneficiado a estas especies.
En este caso, ha sido la ganadería de montaña de los pueblos rurales lo que literalmente ha salvado al oso junto con esa otra circunstancia de tener esa orografía tan dura en los entornos humanizados.
Sabemos ahora que la ecología del oso en un territorio es reconocerlo pueblo a pueblo buscando los animales muertos que durante el invierno han fallecido -por muerte natural o por las razones que sean, una cabañaza ganadera tiene un porcentaje de pérdidas bien cuando están en la montaña pastando, bien cuando están estabuladas en el invierno en las cuadras- y el proceso tradicional de toda la vida desde hace cientos de años de desprenderse de un animal muerto. Si no era aprovechado para el consumo humano, ese animal muerto se cargaba en el carro, después en el tractor, y se echaba a lugares donde tradicionalmente se abandonaban las carroñas. Normalmente, todos los pueblos de montaña tienen algún sitio donde desprenderse de estos animales.
Ahora conocemos que los osos, lejos de habitar territorios como el bosque de Muniellos o las masas forestales donde casi no entra el hombre, sólo ocupan esos lugares de manera ocasional. Donde están permanentemente es en el entorno de los pueblos esperando que a alguien se le muera un bicho para ir a por la carroña. Van, la consumen y consiguen proteínas suficientes como para satisfacer sus enormes necesidades de alimentación y esto es una garantía de supervivencia del oso pardo ¿Qué quiere esto decir? que los programas de conservación del oso pardo tienen que estar íntimamente ligados a garantizar que los pueblos no se abandonen, que siga habiendo actividad agroganadera es absolutamente fundamental.
Nosotros, en esta línea, estamos intentando poner en marcha medidas que puedan frenar el proceso de pérdida de diversidad que se produce por la pérdida de la actividad agraria.
Estamos ante un proceso muy complejo, el abandono rural es un hecho social y económico y no podemos retener a los chicos jóvenes en pueblos de montaña donde ciertas expectativas de trabajo y diversión son menores que en la ciudad. Debemos encontrar fórmulas para conseguir que no desaparezcan todos los procesos que el hombre hace en el territorio y que aportan diversidad.
Hay determinados aspectos en los que se puede intervenir, corrigiendo esa pérdida de valores biológicos de diversidad del territorio por la falta de actividad humana como puede ser, por ejemplo, la plantación de frutales. En estos momentos, el principal trabajo que estamos haciendo, -a parte del de siempre, de los osos y los buitres-, es conseguir que en un territorio, el concejo de Belmonte de Miranda, no se pierdan valores como pueden ser los frutales que toda la vida existieron en los entornos rurales, que se van perdiendo por falta de actividad humana, porque la gente deja de injertar… Hay capacidad para poner en marcha programas interesantes que consiguen aunar dos objetivos: por un lado, favorecer la biodiversidad y mantenerla, porque genera recursos alimenticios para los osos o cualquier animal, -hemos fotografiado hasta lobos comiendo cerezas-, pero también, fomentando pequeños desarrollos económicos en el territorio.
Este tipo de plantaciones se hacen en fincas abandonadas, en las que ya no hay actividad o en las que sus propietarios no obtienen renta económica. Se plantan con dos especies de frutales, castaño y cerezo, que tienen una doble vertiente: el día de mañana aportarán madera y por tanto economía a sus propietarios, -son periodos de crecimiento largo hasta llegar a sus cortas-, pero en el periodo en el que están creciendo aportan fruta y recursos alimenticios para la fauna silvestre. Y eso es lo que literalmente ha sucedido en estos territorios durante cientos y cientos de años; estamos en una fase de ruptura pero podemos encontrar mecanismos fáciles para conseguir reequilibrar pequeños aspectos de economía con aspectos de ecología.
Esto es en síntesis lo que quería explicar aquí. Que tenemos que romper con el mito de que conservar la naturaleza es no tocarla, eso es un error. En territorios como la Cordillera Cantábrica es abocarla a procesos de degradación. Por el contrario, hay que favorecer la presencia de las personas en los pueblos, intentar mantener las actividades agrarias tradicionales y mejorar los niveles de calidad de vida -arreglo de los viales de manera ordenada, no como sucede en algunos sitios, donde se favorece la presencia de carreteras para otros fines que no son los agrarios…-. Es decir, puede haber un modelo de gestión del territorio que garantice la conservación de la biodiversidad y que favorezca los usos tradicionales, los usos ganaderos. En última instancia todo esto conforma un paisaje rural que tiene mucho valor, que la sociedad ahora mismo valora de forma positiva, pero tiene que saber que el paisaje rural humanizado es el que verdaderamente tiene valor.Conservacion 3
Termino con una anécdota muy curiosa que nos ocurrió el año pasado en el bosque de Peloño, en Ponga, en una zona donde tenemos colmenas para polinizar por la muerte de las abejas y la falta de polinización. Mientras caminaba por la pista yendo al final del bosque, encontré unos excursionistas andando que me pararon y me dijeron: ¿oiga, falta mucho para el bosque de Peloño? Y les dije, pues miren, están ustedes en medio del bosque de Peloño. ¡Ah!, ¿ésto es el bosque de Peloño? -iban sofocados, venían desde la carretera- Pues sí, respondí. Pero, ¿dónde están los arroyos? -me preguntaron-. Mire, -justo había un poco de curva y bajaba una cascadina de esas guapas cantarina, entre musgos…- pues mire, mire -le dije- ahí tiene uno. ¡Ah!, ¿eso es un arroyo? -preguntaron-. Pensé que me estaban tomando el pelo y que tenía cara de imbécil. Pero, esto es una ladera -me dijo el señor-. Pues sí es una ladera; en Asturias, si se fija, la geografía son valles y montañas y, por lo tanto, los caminos tienen que ir por laderas, son caminos ganaderos y el bosque está utilizado. Pues esto no es lo que nosotros pensábamos -dijeron- nos damos la vuelta y nos vamos.
Ellos querían entrar en el bosque de Peloño donde nunca jamás había entrado nadie, querían ser los primeros seres humanos en entrar allí. Porque alguien les había dicho en Ponga – donde estaban durmiendo- que el bosque de Peloño era la leche, que era el no va más del no va más, además traía un folleto en la mano que lo ratificaba: el bosque de Peloño es el sitio donde está la naturaleza más salvaje de la Cordillera Cantábrica. Y claro, ellos, vieron que no, que habían pasado y se encontraron vacas y que todo aquello tenía todos los síntomas de que allí había gente: había cagadas de vacas, madera que se había cortado, pasaba yo con el coche… y decidieron marchar, no fueron capaces de interpretar para nada el paisaje de la montaña.
Pero no fue culpa de ellos, fue del que editó el folleto y es culpa de que los propietarios de la casa de turismo rural donde estaban alojados no tienen ni idea de lo que es la naturaleza y desconoce que lo que tiene cuando abre la ventana es pura naturaleza. La triste realidad es esa, no sabemos identificar, vender y conservar el paisaje de nuestras montañas porque no lo conocemos.

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