Las montañas que hay que mover están en nuestras conciencias. Aportaciones de las ciencias sociales a la comprensión del desarrollo de las zonas de montaña

DAVID MOSCOSO SÁNCHEZ
Instituto de Estudios Sociales Avanzados (IESA-CSIC), Córdoba.
dmoscoso@iesaa.csic.es

1. Mover Montañas… pero, ¿hacia dónde?
Tal como se planteó en la información divulgativa de estas jornadas, las montañas españolas viven ya desde hace tiempo inmersas en un proceso de cambio trascendental.
En realidad, las montañas siempre se han movido. Claro está, que ni todas las montañas se mueven al mismo ritmo ni todos los cambios que se producen en ellas lo hacen en la misma dirección. Este punto de partida debe quedar bien claro, porque lo que nos ha reunido aquí ha sido la inquietud por conocer cuáles son esos cambios y, sobre todo, la inquietud por saber cuál debe ser el camino a seguir, según los criterios de los especialistas en este terreno.
En relación con la primera pregunta, ante todo, tengo que decir que puede ser demasiado pretencioso tratar de resumir en unas pocas líneas cuáles han sido los cambios a los que se han visto abocadas las zonas de montaña en las últimas décadas. Así que, a grandes rasgos, diré que las zonas de montaña han vivido prácticamente los mismos cambios que se han producido en buena parte de los espacios rurales a un nivel demográfico, sociocultural, económico y político, según la etapa de la que hablemos y con alguna salvedad. En términos generales, el cambio más importante es el representacional, pues las áreas de montaña han pasado de experimentar una importante devaluación cultural, política y económica hasta los años setenta, a adquirir desde hace unas dos décadas para acá un proceso de revalorización, motivado por la nueva orientación ambiental de la agricultura, la emergente preocupación por la calidad de los alimentos, la puesta en vigor de las nuevas políticas de conservación de los espacios naturales protegidos, la aplicación de las políticas de desarrollo rural, la congestión normativa de las ciudades, la reducción de la jornada laboral y el aumento del tiempo libre y, como consecuencia de esto último, el aumento de los viajes turísticos entre la población española, etc.

Digamos que este proceso de revalorización del espacio rural fundamentalmente se explica por la compleja imbricación de funciones que ha adquirido en las dos últimas décadas, como consecuencia de algo que se ha dado en llamar por multifuncionalidad. La multifuncionalidad no es otra cosa que la adopción de un nuevo modelo de economía, la que se entiende como flexible, posfordista, posproductivista, basada sobre todo en el consumo de ideas (y, junto a las ideas, de los lugares) más que de los objetos. En otras palabras, la emergencia de este proceso de revalorización del espacio rural y, con él, de las zonas de montaña, responde al hecho de que desde hace unas décadas para acá, aunque fundamentalmente desde la segunda mitad de los años ochenta, a medida que las actividades propias del sector primario perdían peso, otras actividades vinculadas sobre todo al sector terciario (en especial, las propias del sector público y otras actividades vinculadas al sector agroalimentario y de ocio y recreación, como el turismo de naturaleza y el turismo rural) adquirían gran relevancia en estas áreas.
Esta diversificación de actividades económicas, esta reestructuración del sistema económico, junto al cambio cultural producido en el seno de la sociedad española, dio lugar, sobre todo, a un cambio en las relaciones sociales en estos espacios, un cambio que se tradujo en concreto en la diversificación de los roles vinculados al desempeño de las actividades económicas y de los tiempos y espacios de ocio. Dio lugar a un escenario en el que cada vez participaban más actores, con intereses y valores más heterogéneos, haciendo de las zonas rurales, en general, y de las áreas de montaña, en concreto, lugares sujetos a nuevos conflictos ante la diversidad de concepciones sobre el uso social y el aprovechamiento productivo de los recursos naturales y culturales del territorio.

2. Mover montañas… ‘Las montañas que hay que mover están en nuestra mente’
Recurriendo a una frase empleada por Reinhold Messner -el primer conquistador de las catorce montañas de ocho mil metros- en su obra Mover Montañas, éste decía que «las montañas que hay que mover están en nuestra mente». El recurso a esta frase lo hago con la intención de expresar una convicción comúnmente asumida hoy en el seno de la sociología, a saber: cualquier tipo de referencia cultural a un espacio físico es siempre, y ante todo, explicado como el resultado de una previa construcción social (del espacio). En otras palabras, que las montañas, como los valles o las ciudades, son, ante todo, espacios construidos socialmente. En la medida que el hombre hace uso de esos espacios, en la medida que piensa en ellos (en su utilidad, en el sentido que le confiere, en las emociones que le produce,…), la montaña, al final, acaba convirtiéndose en un espacio social. Así, en unas épocas éstas les producían temor, en otras épocas repudio y hoy una gran atracción. Pero las montañas están ahí, son siempre las mismas, lo único que cambia es la forma como la miramos los seres humanos.
Esta aclaración de la que partimos los sociólogos es fundamental si queremos responder a la siguiente pregunta, conectándolo con el análisis realizado anteriormente.
¿Cuál debe ser el camino a seguir para el desarrollo de las montañas? Según esa aclaración, la respuesta podría ser muy compleja, porque, como he apuntado, las montañas se mueven sobre todo en la mente de las personas. Depende de la época, las necesidades del momento y, por tanto, de la propia concepción del desarrollo que predomina en unos u otros contextos histórico-sociales, políticos y económicos. Por lo tanto, especificaremos aún más en la pregunta: ¿cuál debe ser el camino para el desarrollo de las montañas hoy? Desde luego, si partimos de un hecho objetivo, cual es el grado de explotación al que fueron expuestas estas áreas en el pasado y las particulares circunstancias que viven hoy (sobre todo, de heterogeneidad de intereses y concepciones sobre el uso de sus recursos, que se reparte entre actores vinculados a la explotación primarha,los nuevos actores vinculados a la gestión de los grupos de desarrollo rural, los empresarios de sectores de la hostelería y el turismo rural y de naturaleza, así como los asociados a la gestión de los espacios naturales protegidos), habría que decir que necesariamente el enfoque del desarrollo en las zonas de montaña no puede ni basarse en la economía de acumulación ni en la sobreprotección ambiental ni en el sobre uso recreativo des-regulado. Por tanto, habrá que encontrar una estrategia intermedia, una estrategia coparticipada por todas esas concepciones que moran sobre su uso y gestión.
La cuestión es que no es posible el desarrollo de estas zonas sin tender puentes entre sus múltiples intereses: la conservación, la seguridad alimentaria, hidrológica y ambiental, y el desarrollo económico de las poblaciones que las habitan. El problema es cómo conservar y administrar unos recursos de montaña menguantes en un mar de prácticas conflictivas de consumo y uso de la tierra. Agricultura, silvicultura y turismo son al mismo tiempo problemas y soluciones. Con lo cual, llegamos al punto en que debemos responder a la segunda pregunta: ¿Cuál es la dirección que deben tomar el desarrollo sostenible de las montañas? La única solución es que el tipo de desarrollo rural que se practique sea un desarrollo verdaderamente integrado y sostenible. Por desarrollo integrado, hemos de entender a aquel que vertebra las necesidades del territorio, en coherencia con las condiciones de la población que lo habita y los recursos naturales, culturales, de equipamiento e infraestructura y organización, existentes. En este carácter integrado del desarrollo de las zonas de montaña, el elemento más importante es, sin duda, la participación de la población. Del grado de participación de las poblaciones de montaña y del grado de participación de otros colectivos sociales, políticos y económicos que se encuentran al amparo de sus recursos y que residen en los valles y las ciudades, depende el éxito o el fracaso sobre la orientación que sigan las áreas de montaña.
En general, se puede decir que en el pasado se ha depositado sobre la población de estas zonas la responsabilidad de conservar los ecosistemas de montaña, mientras que la mayor parte de los beneficios producidos por el uso de sus recursos eran disfrutados por quienes residían fuera de ellas. Sin embargo, separar las necesidades de la población local de los intereses de las poblaciones que residen fuera, puede incidir negativamente, pues el desarrollo socioeconómico y la conservación medioambiental de las montañas es un problema que nos atañe a todos.

3. ¿De qué manera puede la sociología contribuir al desarrollo sostenible de las zonas de montaña?
Desde la sociología se tiene claro que el camino para el desarrollo sostenible de las áreas de montaña es practicar una política de actores. Hay que contemplar que el espacio rural no puede ser sostenible sin su población y su población hoy, tanto en estas zonas como fuera de ellas, es muy heterogénea. Por lo tanto, debería ponerse en práctica una política de actores. No debemos olvidar el hecho de que incluso las zonas de montaña son muy heterogéneas entre sí: unas zonas son muy dinámicas y otras más estáticas, como se puede observar claramente en Asturias, Aragón y Andalucía.
De esta forma, responderíamos a la pregunta que se plantea esta Mesa Redonda:
¿Cómo podemos vincular economía agraria, sociedad rural y conservación de la naturaleza? Pues, imbricando los intereses y concepciones acerca del uso de estos espacios entre los distintos actores a partir del debate, el conocimiento y la previsión. Creo que, en este sentido, puede decirse que la aprobación del nuevo reglamento de desarrollo rural (FEADER) supone un avance positivo, porque contempla ya esta realidad, estableciendo los instrumentos para una intervención colectiva, heterogénea sobre el territorio, integrando la modernización de la agricultura en el primer eje, con la conservación de la naturaleza (con el Plan Natura) en el segundo eje, con el desarrollo socioeconómico de la población rural, en el tercer eje, y, por último, con el empleo del método LEADER en el cuarto eje. En fin, creo que, en principio, esta orientación que tendrá el reglamento en un horizonte en todo caso reducido (hasta el 2013) ha sido bastante acertado.
El Método LEADER, como es bien sabido, contempla entre sus especificidades el enfoque ascendente o participativo, pero también es cierto -no desvelo nada nuevo con esta opinión- que ese enfoque puede formar parte más de un discurso político institucional que de una realidad de hecho. Las críticas en este sentido han sido siempre claras, porque los que conocemos bien las dinámicas de estos programas, los que llevamos casi una década evaluándolos, sabemos que no siempre y en todos los lugares la participación es real. En cualquier caso, en lo que atañe a los GDR, lograr esa participación no es tan fácil, porque tampoco disponen de los recursos necesarios. Y en lo que atañe a los distintos ámbitos de la Administración, no en todos los niveles se poseen estos recursos y, además, éstas tienen sus propias dinámicas de funcionamiento, que no siempre están en coherencia con la intervención participativa de la población.

4. Conclusiones
Me gustaría terminar mi contribución exponiendo varios comentarios, que no hacen alusión exclusiva a la sociología, sino que son extensivos a cualquier disciplina del saber.
En primer lugar, me gustaría trasladar la siguiente reflexión. En España existen 211 grupos de desarrollo rural, repartidos prácticamente a lo largo de todas las comarcas de la geografía nacional. Y me llama mucho la atención el hecho de que conozco realmente pocas experiencias desarrolladas en el seno de estos grupos que tengan relación con la coparticipación entre los GDR y las Universidades y centros de investigación para el estudio en las áreas de las montañas, sobre asuntos de diversa índole, que puedan ser de interés para el conocimiento y la aplicación de actuaciones orientadas al desarrollo de estas zonas. Entiendo que los GDR carecen de los suficientes recursos para ello, si bien ello no quiere decir que las Universidades y los centros de investigación no estén interesados igualmente en realizar estudios que podrían contar con su participación. De hecho, en estas Universidades y centros de investigación se llevan a cabo estudios, y los GDR aprovechan escasamente esos conocimientos para el desarrollo de su trabajo. Esta es, sin duda, no sé si llamarla una debilidad, un error, una carencia o una oportunidad, que debería ser solventada y aprovechada en beneficio de una adecuada orientación del desarrollo sostenible en estas zonas.
En segundo lugar, España es el segundo país de Europa, detrás de Suiza, donde existen más áreas de montaña. Sin embargo, hoy por hoy, es uno de los pocos países donde no existen centros de investigación específicos para el estudio de estas zonas. A lo largo de toda Europa existe un amplio número de centros de investigación y universidades públicas y privados que tienen como objeto de estudio a estas áreas. A pesar de ello, en España sí que hay algunos centros donde se estudian parcialmente aspectos vinculados a estas zonas, como el Instituto de Estudios Altoaragoneses, el Instituto de Estudios Pirenaicos y el Instituto Pirenaico de Ecología. En cualquier caso para esta cuestión sobre la que hemos llamado la atención aquí, la participación de los actores sociales en estas áreas no hay ningún centro en España. Sólo desde ámbitos aislados, y fundamentalmente entre los sociólogos rurales, hemos trabajado en esta línea.
En tercer lugar, en el ámbito internacional, a parte de centros de investigación y universidades que analizan estas cuestiones, existen plataformas, asociaciones y redes de trabajo (como la Alianza Internacional para el Desarrollo Sostenible en las Regiones de Montaña, la Asociación Europea para la Cooperación entre Territorios de Montaña o EUROMONTANA o la Asociación Europea de Autoridades Políticas de Regiones de Montaña (AEM)), entre las que existe poca presencia de investigadores, personal técnico y profesores españoles.
Sería necesario que los grupos de intereses de áreas de montaña y los grupos de investigación sobre estos temas participaran más activamente en estos ámbitos.
En cuarto y último lugar, hay que investigar sobre cinco pilares: el medio ambiente, la cultura y el género, el riesgo, la economía y la política y la legislación. La experiencia muestra que se estudia mucho sobre economía y política, pero poco sobre medio ambiente, cultura, género y riesgo en zonas de montaña. Esto significa que también hay que aumentar el número de las ayudas destinadas a la comprensión de los fenómenos complejos que caracterizan al desarrollo de las zonas de montaña.

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