ARTEMIO BAIGORRI
PROFESOR TITULAR DE LA UNIVERSIDAD DE EXTREMADURA.
DEPARTADMENTO DE ECONOMÍA APLICADA Y ORGANIZACIÓN DE EMPRESAS. SOCIOLOGÍA
1. RURAL (REAL) IDADES
Antes (en un antes, por supuesto, indeterminado), todo estaba claro. Por ejemplo, yo era un rural. Lo sabía porque acarreaba en invierno el estiércol para abonar el campo (sacar el fiemo, se decía en mi pueblo), plantaba (con dolor de espalda) remolacha, pimientos y tomates, cortaba los penachos del maíz (escogotar se denominaba esa tarea), viajaba por los caminos sobre la alfalfa tierna acarreada en el remolque y sujetaba la pezuña del cerdo (que chillaba casi humanamente) mientras el matachín daba pasaporte al animal.
Y luego dejé de serlo. Lo intuí al ser consciente de que doy clases en la Universidad, vivo en una ciudad de 150.000 habitantes, mi hija es bailarina de ballet clásico, ni siquiera paso las vacaciones en mi pueblo, sino cerca de Lisboa, en medio de un área metropolitana de dos millones de habitantes y me molesta que algunos reciban millones en subvenciones sin ape-nas trabajar.
Pero ahora todo está liado. Y es que hoy nada está claro: ni el género, ni la identidad polí-tica, ni por supuesto la ruralidad. Los rurales van a comprar y pasar el día a los centros co-merciales de las ciudades, y los urbanitas van a pasar el día a los campos y casas de los rura-les. ¿Es el mundo al revés? La agricultura se cultiva en las ciudades (donde probablemente nació) y las fábricas se instalan en el
campo (donde nacieron).
La agricultura periurbana, es algo más que un hobby… Por ejemplo, de los más de 4 millones de inmigrantes que hay en Pekín, entre 100.000 y 200.000 están empleados en agricultura urbana y periurbana en 375 centros agrícolas de alta tecnología, 2000 centros de agroturismo y 1.000 empresas agropecuarias. En Camboya, en Perú, en Ghana… miles de rurales que llegaron a las ciudades buscando mejor suerte, sobreviven re-ruralizados gracias a la agricultura periurbana.
Mientras, los rurales viajan en sofisticadas cabinas con mandos telemáticos mientras chatean con sus amigos y amigas por las radios de onda corta o los teléfonos celulares y navegan por internet para vender sus productos, comprar billetes de avión o comunicarse con chicas de otros continentes.
Continuamente vemos en los medios, o el cine, escenas rurales que resultan ser urbana (a menudo los protagonistas no son rurales, sino simplemente pobres). O vemos paradisíacos bosques que resultan ser parques metropolitanos.
O jóvenes que parecen una partida de chi-canos ilegales trabajando en los viñedos de California, pero son tan sólo un grupo de urbani- tas de Madrid practicando el agro-turismo en el Área Metropolitana
Fijemosnos en algunos hitos globales, por ejemplo ¿Es un rural José Bové? Para los franceses (49%) es el mejor defensor de los agricultores y paladín antiglobalización… pero pide que la agricultura francesa siga subvencionada, lo que cierra la entrada a productos del Tercer Mundo. Lo presentan (o se presenta) como «sólo un campesino»… pero en realidad es hijo de profesores en Berkeley. ¿Es izquierdismo, o mediat-ismo? Existe incluso un juego on line que propone utilizarlo como líder para todo y con su nombre aparecen 1.060.000 resultados en Google.
O pensemos en unos rurales tope rurales: los zapatistas. Lo que en realidad observamos es una alambicada mezcla (nada de botellón) de ruralidad, postmodernidad, diseño, internet y religiosidad popular. ¿Pero es rural el subcomandante Marcos? Los antiglobalización lo hicie-ron suyo por sus largos comunicados, ricos en fraseología de ese movimiento y análisis catas-trofistas:
«El mundo vive la «IV Guerra Mundial», librada por el poder estadounidense y el capital transnacional contra los estados-nación y los particularismos, mediante las ar-mas del libre mercado, la informática y el inglés, con el objetivo de homogeneizarlo y economizarlo todo…» Pero este líder campesino ni es campesino, ni de la zona, sino de Tampico, de una fa-milia de la burguesía blanca con una cadena de tiendas y una hermana dirigente del PRI. Educado por monjas trinitarias y jesuitas. Licenciado en Filosofía por la UNAM, con medalla a la excelencia académica recibida de manos del presidente derechista López Portillo… Y con una capacidad para imitar a García Lorca que quita el hipo.
Más aún, por venirnos mucho más cerca: ¿es el crimen de Fago un crimen rural? Hay un debate entre sociólogos rurales españoles, en la red de correo electrónico: Para unos, una ex-presión más de la España profunda, que no sólo está en Extremadura; para otros, un crimen urbano-racional-mafioso, porque tanto el asesino como la víctima son neo-rurales; y para mí, producto de uno de los efectos indeseados de la urbanización: la californicación (en realidad el término californication deberíamos traducirlo como jodienda californiana).
Veamos cómo ha ocurrido todo esto. Como hemos pasado
2. DE LO RURAL A LA RURALIA (LO URBANO)
En la Sociedad Industrial lo rural nunca fue definido, porque como mero residuo (lo-queaún- no-es-urbano) apenas interesaba. Si la revolución industrial traía el progreso económico, la urbanización conllevaba el progreso social, por más que a menudo llevase emparejado el desorden, y esa carga semántica positiva está, cuando no explícita, latente en la gran teoría social. La razón es simple: en
Occidente, desde el origen mismo de las ciudades, éstas pro-movieron avances objetivos hacia formas de organización social más democráticas, pero so-bre todo basadas en el imperio de la ley: ese es el significado del dictum tardomedieval «El aire de la ciudad nos hace libres».
Pero ese proceso de urbanización dejó de ser un índice cuantitativo, referente de la mera acumulación demográfica al abrigo de una acumulación de recursos y excedentes, para pasar a ser un proceso cualitativo: un modo de vida, que en el último tercio del siglo XX se empezó a percibir que ya no estaba únicamente en las ciudades. Con Lefebvre y Gaviria denunciamos en su día una urbanización del mundo campesino que primero entendimos como colonización cultural por el capitalismo, pero finalmente hemos comprendido como extensión del núcleo civilizatorio capitalista e industrial a la totalidad del territorio.
Donde unos veían (y todavía ven, en algunos casos) fracaso y hundimiento de las poblaciones afectadas, deberían haber visto éxito adaptativo, en un proceso anunciado por Marx en el Manifiesto Comunista: «el sometimiento del campo por la ciudad», esto es la ruptura de las relaciones sociales y de producción tradicionales.
Y como mecanismo de enfrentamiento a esos procesos que llevan siglos disolviendo todo residuo de poder basado en principios atávicos (como el linaje, la posesión de la tierra, etc), se ha venido construyendo una mitología que de forma recurrente reverdece, en torno a la antiutopía de la Arcadia pastoril y campesina (ahora muy útil para el marketing): la Ruralia.
¿Quiere significar todo esto que lo rural no existe?. «¿Acaso no existimos?», me preguntará mi urbanizado auditorio. Ni mucho menos, aunque sí planteo la inutilidad de la separación epistemológica entre lo rural y lo urbano.
Lo rural a mi juicio son apenas algunos intersticios, fuera de la marcha de la civilización, que quedan en el interior de lo que llamo la urbe global.
El desarrollo de las comunicaciones no ha convertido el planeta en una aldea global, en el sentido tribal con que lo planteaba McLuhan, sino a una ciudad global, a lo que llamo la urbe global: un continuum inacabable en el que se suceden espacios con formas y funciones diversas, con mayores y menores densidades habitacionales, cohesionados por diversos nodos o centralidades, pero que en su totalidad participan de una u otra forma, y a todos los efectos, de la civilización y la cultura urbanas. Sólo en la medida en que un espacio se halle incomu-nicado podrá hablarse de cierta carga -de intensidad variable- de ruralidad, normalmente coincidente con la depresión económica.
Casualmente nos encontramos, en este momento, y es una mera metáfora, en el punto en que el porcentaje de población urbana, en el mundo, según los criterios estadísticos tradicionales (que, insisto, no sirven, pero no son de utilidad para construir la metáfora) supera a la rural, y la línea de tendencia deja lo rural, por decirlo de alguna forma, dentro de lo urbano, como he intentado expresar en
el gráfico.
Pero el proceso es más complejo. Pues, al par, el propio concepto de gran ciudad, de metrópolis, deja de tener sentido. La urbe global hace que el hinterland metropolitano de Nueva York pueda incluir a Roma, Londres o Tokyo, y viceversa. O que el hinterland de Madrid incluya Benidorm, Marbella o Sasntander, y viceversa. Ya no hay grandes ciudades, sino una única urbe global a la que todos estamos conectados, por muchos que sean sus contenedores.
En este sentido, podría decirse por tanto que la ciudad ya no existe como espacio físico. Utilizamos el concepto de global no en referencia a su tamaño -como se plantea en los con-ceptos de urbe, metrópolis, ciudadesmundo, megalópolis, sino más bien para designar el proceso, insisto en ello, por el que los aspectos físicos y morales de la ciudad se extienden a todos los rincones del universo, civilizándolo. La sociedad urbana, propuesta por Henri Le-febvre como realidad virtual, ya ha fraguado, formalmente, en el mismo marco de realidad virtual en que la ubicó, al proponer que «lo urbano viene a ser un continente que se acaba de descubrir y cuya exploración se lleva a cabo edificándolo». Parece que, en esa frase, Lefebvre se refiriese a Internet, pero está escrita hace casi cuarenta años.
Ni siquiera hay UNA centralidad posible, en singular, en este nuevo marco, al contrario de lo que proclaman las teorías de Manuel Castells. Es algo virtual, que no se corresponde con un espacio físico, un barrio, una manzana de oro, ni siquiera una sede gubernamental.
La centralidad es únicamente un proceso de interrelación telemática entre protocentrali- dades diversas ubicadas en espacios físicos distantes entre sí. Y, del mismo modo que en los tiempos de la urbe local los ciudadanos, habitantes de la urbe, tenían la posibilidad de acercarse a la centralidad, a los espacios
físicos del poder, económico, político o cultural, en la urbe global todos cuantos participan de la nueva cultura urbano-global y forman parte de la red virtual tienen acceso en tiempo real a las centralidades, sin tener que desplazarse más de lo que tendría que hacerlo un ciudadano de la periferia de las ya
extintas metrópolis.
3. EL JARDÍN DE LA URBE GLOBAL
Pero vivimos en materialidades, se dirá con razón. Nuestras vidas se localizan en determina- dos territorios, que nuestros sentidos perciben como algo diferenciado de la ciudad. Por ello debemos atender no sólo a la propia interpretación territorial de la ciudad, sino asimismo a la interpretación del papel que el propio territorio, convertido en Ruralia, cumple en el modelo.
Desde mi perspectiva, los usos del territorio y su relación con la ciudad vienen determinados por las relaciones y los medios de producción, y mediados por ciertas construcciones mentales y estilos de relación con la Naturaleza, es decir estilos culturales, además de por el propio entorno ambiental físico.
He desarrollado un modelo interpretativo de su evolución que creo aporta alguna luz, y que pueden encontrar en algunos escritos míos. Ahora sólo me detendré en los momentos más recientes, y especialmente en el actual estadio de esa evolución.
La Sociedad Industrial, motor de la Sociedad Urbana, ha sido un gigantesco organismo que debía alimentarse y producía desechos.
La función del territorio pasó a ser entonces la de soportar, en el sentido más amplio, el metabolismo de las ciudades. Y la planificación adqui-rió la función de otorgar racionalidad legitimadora a este proceso, intentando ordenar la ges-tión de unos hinterland que, en las condiciones vigentes, se mostraron a corto plazo incapaces de soportar los efectos del metabolismo. La oposición campo/ciudad, o rural/urbano, tenía ciertamente un sentido de lucha seminal por el control del territorio, y es visible justamente en ese periodo histórico.
Pero a partir de mediados del siglo XX las cosas habían empezado a cambiar: se había iniciado la transición, en la que en la actualidad nos vemos envueltos, hacia la Sociedad Telemática. Llegó primero la Revolución de las Comunicaciones -antes aún que la de las telecomuni- caciones-. La constante aceleración en la velocidad tanto de la comunicación interpersonal como del transporte hizo innecesaria
la concentración en las ciudades de las estructuras pro-ductivas, y en consecuencia de las residenciales. En las últimas cuatro décadas hemos asistido a un proceso sistemático de dispersión, iniciado en los Estados Unidos en los años ’50, y lue-go generalizado en todos los países industriales.
En segundo lugar las sucesivas revoluciones tecnológicas (tanto la electrónica e informática, la óptica, la invención de nuevos materiales, la biogenética, y por supuesto las telecomu- nicaciones) que han generado nuevas formas de producción no basadas en la industria pesada y que, con el conveniente sostén de infraestructuras de comunicación, contribuyen aún más a la dispersión productiva en la urbe
global.
La desconcentración que se produce al iniciarse la decadencia de la Sociedad Industrial ha provocado la transformación del propio concepto de urbanización. Como he apuntado, ya no cabe referirlo únicamente al desplazamiento de población hacia las ciudades -aunque se siga produciendo-, sino también y sobre
todo a la extensión de la cultura urbana al conjunto del hinterland de las ciudades. Lo cual, por otra parte, convierte en ineficiente la tendencia a la concentración demográfica en los grandes centros ominadores del sistema urbano, posibi-litando la recuperación, primero en los países más avanzados, de las pequeñas y medianas ciudades. Observamos incluso, como corresponde primero en los Estados
Unidos, grandes movimientos migratorios desde las grandes metrópolis, primero desde Nueva York y luego desde California (en los últimos años han ‘huido’ 5 millones de californianos), hacia los terri-torios circundantes.
Todo esto ha conducido a que la contradicción entre lo rural y lo urbano haya dejado de estar vigente. En los países avanzados no puede hablarse ya de espacios rurales y espacios urbanos, sino de una continuidad isomorfa de caracter urbano, rota tan sólo en algunas islas: en unos casos, pequeños núcleos perdidos en el espacio y el tiempo, que mantienen relativa-mente viva la cultura rural; en otros,
grandes metrópolis, que aportan una nueva cultura me-tropolitana, cosmopolita y global, no suficientemente definida pero esencialmente distinta a su vez de la cultura urbana.
A cambio, ahora podemos entender la dialéctica campo/ciudad en un sentido mucho más estricto, como relación entre lo que se entiende por continuum edificado, o suelo urbano en términos de planeamiento, y su territorio circundante.
Cuando el hombre descubrió la agricultura, pudo establecer en torno a sus asentamientos un sistema de producción permanente de alimentos.
Los mismos factores tecnológicos que le permitían producir alimentos le facilitaban la conversión de algunos fragmentos de naturaleza en espacios que reproducían la utopía ancestral de una armonía en la que la Naturaleza no agredía al hombre, sino que se le ofrecía. El sueño del paraíso de la utopía judaíca se materia-lizaba en los jardines interiores a los muros de la ciudad, y en las huertas de su entorno. Pero más allá de esos pequeños espacios conquistados a la Naturaleza, se extendía la terra ignota, el espacio del temor y la incertidumbre. Es en realidad la idea que transmiten también los primeros mapas conocidos-.
Ahora el conjunto del territorio se convierte en ese jardín, no de cada ciudad sino de la urbe global.
El análisis, a lo largo de tres décadas, de la competencia entre diversos agentes por el uso del recurso tierra me ha ayudado a comprender un poco mejor la complejidad funcional del territorio. Y hemos visto así como a medida que desaparecía la oposición dicotómica campo-ciudad los protagonistas de la competencia dejaban de ser los campesinos frente a los urbani-tas, sino que asistimos a una especie
de todos contra todos.
Exactamente igual a como en la Naturaleza distintas especies compiten por el territorio, además de competir además a nivel interno los miembros de cada especie, los ecologistas urbanos compiten, pretendiendo un uso bioarqueológico de ciertos suelos caracterizados como ‘espacios naturales’, con los domingueros (que los desean para un uso recreativo-residencial), las grandes corporaciones (que los precisan para instalar sus plantas de producción o sus instalaciones de ocio) o el propio Estado (que puede precisarlos para ubicar sobre ellos grandes infraestructuras o equipamientos).
Pero a su vez todos ellos, urbanitas en suma, compiten con los rurales, que pueden precisarlos (compitiendo a su vez entre sí) para la agri-cultura, la ganadería, la producción forestal o la caza, usos a veces incompatibles entre sí (la ganadería caprina con la producción forestal intensiva, por ejemplo; la
caza con la producción agrícola intensiva de regadío; etc).
No se trata ya de una oposición campo/ciudad, aunque tampoco, como creíamos antaño, de una oposición conservación versus desarrollismo.
Hay competencias dentro de lo que podríamos llamar el bloque histórico productivista (por ejemplo entre romotores inmobiliarios y turísticos compiten, grandes factorías, explotaciones mineras, usos infraestructurales, usos productivos agrarios, etc), y las hay también, cada vez en mayor medida, dentro
del supuesto bloque histórico proteccionista: de hecho los agricultores, que inicialmente fueron los mejo-res aliados de los ecologistas en los países avanzados, han terminado por convertirse en obje-to de los más duros ataques por parte de los ambientalistas.
Del juego de interrelaciones y alianzas, es decir de las posibilidades de comensalismo entre distintos agentes en competencia, dependerá el uso final que funcionalmente se asigne a esos espacios. Los grupos o alianzas pueden conseguir que el espacio sea protegido, o asignado a otros usos, en función de su capacidad de influir en la toma de decisiones colectivas. Es así como podemos hablar de lo que he denominado una construcción social de los espacios naturales. Por cuanto las funciones que cumple el territorio son cada vez mayores y más complejas, y hoy en día casi siempre metaagrarias. Pensemos que, frente a lo que se común-mente se cree, en las mal llamadas zonas rurales españolas apenas llega, como promedio, al 15% el porcentaje de población ocupada dedicada a la agricultura o la ganadería, no mucho más que en las llamadas zonas urbanas.
Es la confluencia de todas estas funciones diversas, este sinnúmero de usos diferenciados, junto a los propios núcleos urbanos existentes, lo que otorga personalidad al territorio. En la Sociedad Telemática el territorio, ni siquiera ese ámbito al que atribuimos la etiqueta de ru-ral, menos que nunca va a poder ser considerado como Naturaleza, sino como un auténtico entorno, o ambiente (environment) que sostiene diversidad de usos, respondiendo a demandas no menos diversas. El territorio de la urbe global ni es el campo, ni mucho menos la Natura-leza; su capacidad funcional como recurso es muy superior.
4. CULTURA: DEL ‘PERCURSO’ (RECORRIDO, EN PORTUGUÉS) AL RECURSO
Atendiendo ahora a los grupos sociales que habitan la Ruralia, esto es a los antiguos rurales, es obvio que todos estos cambios han de afectarles necesariamente. No tenemos tiempo para hablar de su evolución, pero sí quiero hacer algún apunte. Pues si entre los años ’60 y ’80, entonces todavía como agricultores y ganaderos fundamentalmente, los rurales occidentales debieron adaptarse a la penetración del capitalismo y el industrialismo, quedando cientos de miles de campesinos en el camino, llega ahora lo que llamo la segunda reconversión rural, que no ha de ser menos traumática para quienes quedaron en Ruralia, o llegaron a ella en las últimas décadas.
Esa reconversión va a afectar en primer lugar a las producciones tradicionales, que agrí-colas o industriales han de ser en cualquier caso sostenibles, y ello tendrá un impacto socio-profresional en el que no puedo extenderme ahora. Pero además, ya somos todos conscientes de ello, las producciones agrarias, sean industriales o agrocecológicas, sólo van a ser en el futuro un componente de las rentas rurales (no de las rentas de los agricultores, que en su gran mayoría van a seguir siendo únicamente eso: agricultores o ganaderos).
Un segundo componente fundamental va a ser algo que también creíamos una utopía posible hace treinta años y que finalmente se ha materializado: la producción descentralizada de energía. Los parques de energía eólica y solar (estos últimos menos avanzados) van a suponer un flujo de caja impresionante para quienes han sabido sobrevivir en las zonas rurales. Sus proporciones apenas podemos atisbarlas todavía. Y por ejemplo, el planeamiento ha de tener-los en cuenta para minimizar
sus impactos negativos.
Y el tercer componente va a ser la no por manida menos real fuente de complejización económica y social: el turismo. Y es justamente en este marco en el que el patrimonio, bajo todas sus expresiones, alcanza auténtica carta de naturaleza. Tan sólo aquellos territorios que hayan sido capaces de aplicar criterios de sostenibilidad inteligentes podrán conservar un patrimonio, biológico y cultural digno de ser ofertado a los visitantes (ello sin contar, porsupuesto, con las funciones identitarias, a las que yo atribuyo una simple función de ralentización del progreso).
Pensemos que desde la constitución de los Estados nacionales modernos, la Cultura, y muy especialmente el patrimonio históricoartístico, se ha venido considerando como una carga para la sociedad, que tendría asumida la necesidad de su generación, mantenimiento y conservación únicamente sobre la base del sentimiento de identidad y la memoria histórica de los pueblos. Si la Educación, componente esencial del producto cultural de un pueblo, ha sido vista desde la Revolución Industrial como una inversión productiva a largo plazo, no ha ocurrido lo mismo con el complejo cultural.
Con independencia de su instrumentalización ideológica nunca se ha esperado de ella una rentabilidad. Se producía incluso un rechazo a cualquier especie de consideración de tipo economicista sobre lo que se consideraba el alma de la patria.
De alguna forma se ha pretendido, en un mundo regido por las leyes de mercado, que la Cultura se guiase por reglas morales, como si se tratase de una parcela aparte del mundo ma-terial, como la religión o las buenas maneras.
Y no es extraño que los grupos dominantes hiciesen dominante esa idea: el propio consumo conspicuo de obras de arte por parte de las clases altas no se ha hecho tradicionalmente sobre la base de cálculos económicos, sino como una forma de despilfarro ofrecida como símbolo de riqueza y poder absolutos.
Hoy podemos entender que sencillamente el mercado, en su proceso expansivo por el que ha venido abarcando cada vez más facetas de la vida humana, no había alcanzado todavía un nivel de diferenciación suficiente como para introducirse, mercantilizándolo, en el universo cultural. Son necesarios determinados niveles culturales, adquiridos a través de la Educación -el percurso, o recorrido Cultural, de Cultura con mayúsculas-, para poder disfrutar de esos arbitrarios y caprichosos productos de la imaginación humana que constituyen el patrimonio cultural (la cultura con minúsculas, esto es como recurso). Por lo que sólo la progresiva uni-versalización de la Educación que se produce en los países industriales a lo largo del siglo XIX ha posibilitado la creación de ese nuevo mercado.
Naturalmente, mientras tanto se ha echado a perder buena parte del patrimonio históricoartístico, especialmente en las zonas rurales en las que la universalización de la Enseñanza llegó más tardíamente. Y especialmente en aquellas zonas rurales que han sufrido más dura-mente los efectos de las migraciones masivas hacia las ciudades. Cientos de pueblos vacíos o semivacíos, especialmente en la mitad Norte del país, han visto venirse abajo, o saqueado, un patrimonio producto de muchos siglos de vida.
En cuanto a la creación y consumo cultural, la coincidencia entre el periodo de más intensa universalización de la Educación, con las tendencias económicas dominantes basadas en el paradigma de la concentración y centralización provocaron la marginalización de todos aquellos productores y consumidores alejados de los grandes centros urbano-industriales. Lo que contribuyó a convertir el spacio rural en un auténtico desierto cultural. Los productores culturales debían emigrar a los centros urbanoindustriales en busca de oportunidades; la población no contaba ni con el ‘background’ formativo/
educativo ni con los recursos económico/ temporales para convertirse en consumidora cultural; y los intermediarios y comercializadores no podían surgir, al fallar tanto la oferta como la demanda, en suma la densidad social necesaria.
Pero, consecuentemente con todo lo expuesto sobre la conformación de la urbe global, en las últimas décadas hemos asistido a un profundo cambio en lo que a las industrias culturales y el patrimonio histórico se refiere: el capitalismo ha irrumpido de lleno en el alma de la Pa-tria, gracias a algunos procesos paralelos de carácter socioeconómico: la universalización de la educación y el crecimiento cultural de la población, debido al aumento del nivel de vida; el advenimiento del turismo de masas, permanentemente a la búsqueda de nuevas sensaciones, y que se mueve cada vez más fuera de los circuitos tradicionales; la consolidación del arte y el patrimonio histórico como inversión más segura incluso que el oro, y especialmente apro-piada a las nuevas formas de circulación de capitales derivadas de la economía sumergida, y del dinero negro de origen ilegítimo o ilegal; y finalmente la progresiva reducción del tiempo de trabajo mercantilizado, con una creciente aplicación del saldo resultante al ocio. Y estos cambios han tenido una especial significación en territorios periféricos, menos desarrollados pero que poseían importantes activos patrimoniales, tanto naturales como culturales.
De forma que, desde finales de los años ’80, empieza a haber una conciencia de que la Cultura en su conjunto, incluso en su apartado más aparentemente improductivo en términos económicos, el Patrimonio Histórico-Artístico, ha dejado de ser una carga para las sociedades, y se ha convertido en un recurso económico de primer orden. Y a lo largo de los años ’90 el consumo de bienes culturales se ha incrementado notablemente, generando una oferta no menos creciente. Los artistas y creadores no sólo se han incrementado en número, sino que hemos asistido incluso a procesos de retorno parcial o total de creadores más o menos consa-grados a sus comarcas de origen. Se ha incrementado la demanda formativa relacionada con las artes, lo cual me parece mucho más significativo a medio y largo plazo: el fuerte incre-mento de matrículas en las Escuelas y Conservatorios públicos de Artes y Música, la creación de numerosos centros privados de formación en ballet, danza, teatro, dibujo y pintura, artes decorativas, etc, en las pequeñas ciudades que siguen articulando los espacios rurales. De forma que el resultado es un crecimiento global del número de productores, consumidores e intermediadores culturales, tanto públicos como privados. El percurso cultural, el recorrido que se ha hecho en los espacios rurales por la cultura, ha conducido a la creación y/o consoli-dación del recurso cultural Naturalmente, todo este proceso ha sido posible debido a una decidida apuesta del sector público. Instrumentos como las Universidades Populares, los programas de difusión cultural de las Diputaciones Provinciales, o los circuitos artísticos (música y teatro) de las Consejerías de Cultura de las Comunidades Autónomas, etc, han contribuido a multiplicar enormemente tanto la producción como la demanda cultural en las zonas rurales. Y cuando existe produc-ción y demanda cultural, existe conciencia y voluntad de reconocer y conservar el patrimo-nio, así como capacidad para ponerlo en explotación.
Pero el concepto central en este ensayo es el de urbe global. Con el advenimiento de la Sociedad Telemática, las nuevas tecnologías de la información y la comunicación suponen la posibilidad de difundir las obras de creación cultural, así como el patrimonio histórico- artístico, a cientos de millones de personas simultáneamente, auténticamente urbi et orbe, con muy bajos costes de edición y distribución: hoy es posible ‘vender’ las ruinas romanas de Mérida a decenas de miles de visitantes físicos anuales; pero es posible vender una visita a estos monumentos a cientos de millones de personas que tal vez nunca podrán o querrán des-plazarse hasta Extremadura, pero que están dispuestas a disfrutar de esa visita cómodamente instalados en sus despachos.
Esta va a ser una de las claves en el futuro del medio rural, y no pocos territorios han apostado ya en esta dirección, tanto en España, como en el resto de Europa y los Estados Unidos, en regiones del interior menos desarrollado.
Por tanto, la cuestión puede plantearse en lo sucesivo en los siguientes términos: la Cultura, el patrimonio histórico-artístico, el sector cultural en su conjunto, ya no constituye una carga social, sino por el contrario un recurso económico crecientemente valorado en el mer-cado. Y, como tal recurso, constituye un importante factor de desarrollo social y económico, especialmente en territorios económicamente periféricos.
En suma, la conservación del patrimonio histórico-artístico y popular (arquitecturas vernáculas, obras pública agroganadera, artesanías…) viene a constituir, en la Sociedad Telemática, un instrumento más, y de importancia creciente, para la inserción exitosa de los llamados espacios rurales en la urbe global.
