Cultura campesina: naturaleza y arte en la obra de César Manrique

ALFREDO DÍAZ GUTIÉRREZ
Fundación César Manrique (FCM) de Lanzarote

La obra de arte da contenido intelectual al vacío.
Así, un lugar que se transforma y deja de ser espacio insignificante,
se convierte en fuente de significado.
Félix de Azúa

Introducción
Las propuestas de Manrique sobre el paisaje de Lanzarote están dotadas de una impronta personal que responde a la búsqueda de soluciones constructivas reguladas por una singular intuición, en la que el interés por la naturaleza y la integración de la obra son determinantes.
Así pues, sus trabajos en el paisaje se apoyan en soluciones que evitan el impacto ambiental, al tiempo que procura compatibilizar lo novedoso con la preservación y conservación del patrimonio natural y cultural de la Isla.
La conciliación entre tradición y modernidad, junto al interés por la naturaleza, en la que descubre modelos estéticos, se convierten en líneas de fuerza de su propuesta artística.
En ésta, además, la identificación del arte con la vida se impregna de notables intenciones educativas, no carentes de compromiso social. Así pues, el vínculo entre arte y naturaleza es para Manrique un todo indivisible que traduce, con acierto, en sus propuestas de intervención en el territorio de la Isla. En efecto, la inclinación que Manrique manifiesta por el mundo de la arquitectura y las intervenciones en el paisaje comienza a manifestarse en la década de los cincuenta, si bien es cierto que será en la siguiente cuando, el artista desarrolla y lleva a la práctica algunas de sus propuestas y, por añadidura, su ideario estético, que continuará materializando hasta el final de sus días.

En el año 1957, César Manrique se pronuncia sobre la relación entre la conciencia insular y el urbanismo. El artista habla de la necesidad de “crear una conciencia insular de lo que realmente debe ser el urbanismo”. Manrique defiende el “buen gusto” y la arquitectura moderna.
Sin embargo, será en la primera mitad de la década de los sesenta, cuando el artista comienza a materializar todo su ideario artístico en forma de intervenciones espaciales y medioambientales en aras de un desarrollo turístico incipiente. En este ideario artístico, la arquitectura tradicional y popular de Lanzarote, junto a su agricultura y su paisaje natural, se convertirán, junto a su modernidad, en los ejes centrales de su propuesta de intervención en el territorio.

Arquitectura vernácula y paisaje
Utilizaré el concepto vernáculo para referirme, como afirma José Luis García Grinde en su obra Arquitectura popular de Burgos (C. O. A. -1991), a aquella arquitectura del pasado que es a la vez autóctona, típica, rural, tradicional, popular, y, por supuesto, sin arquitectos. En definitiva, una serie de calificativos que ligan la arquitectura con la tierra, con el lugar, con el mundo del campesino y sus labores, a sus costumbres y modos de vida.
No es gratuito afirmar que, los hombres y las mujeres de Lanzarote han sido capaces de “leer” el paisaje y sus condicionamientos físico-climáticos y, desde esa lectura afortunada, responder con eficiencia generando una arquitectura vernácula que responde con astucia a los condicionantes físicos, climáticos y socio-económicos. Así, la sencillez, la adaptación y la perfecta integración en el paisaje, junto a la pureza de sus volúmenes y su organicidad, se presentan como sus primordiales conceptos definidores.
El blanco impoluto de sus paramentos, cuidadosamente enjalbegados, contrastan, con la coloración y plasticidad del paisaje isleño, teñido de pardos y negros propios del medio volcánico en el que se articula. A ello habrá que unir, los verdes y los azules de sus carpinterías.
El esquema de la casa tradicional de Lanzarote es muy sencillo y se repite en sus características esenciales, variando sólo en los detalles. La planta responde a tres formas muy básicas; rectangular, en forma de “L” o en “U”. De dimensiones variables, aunque siempre con una gran presencia, se afana en conformar “lugares de zoco central”, patio, al que se abren todas las habitaciones de la casa.
Con escasas aberturas al exterior y siempre orientadas hacia el sur, la casa constituye una variante más del tipo de casa mediterránea de patio central.
Por lo que respecta a los materiales constructivos, siempre utilizaron los que el entorno próximo les ofrecía; basalto volcánico, “rofe” (ceniza volcánica), barro, “tegue”, “torta” etc.
Los paramentos presentan un acabado a cuchara lo que permite resultados rugosos redondeados y de ricas texturas producidas por la superposición de múltiples capas de cal.
Las techumbres son en forma de artesa y, en ocasiones, a dos aguas. Para ello usaban la tea (corazón del pino canario) que procedía de las islas Centrales y, como impermeabilizante, una mezcla de tierra y paja a la que denominan “torta”.
En resumen, podemos hablar de una arquitectura vernácula que responde con astucia a los condicionantes del medio en el que se desarrolla.
1. Elevada insolación: carencia de vanos, ventilando a través patios. Filtración y carácter abatible. Muros como aislante térmico. Enjalbegados. Vegetación en patios.
Vientos alisios: orientación de las viviendas. Carencia de vanos en fachadas norte.
Aprovechamiento de corrientes de aire en ventanucos. Carácter abatible. Evitar remolinos en los patios.
2. Escasez de agua: viviendas localizadas en función de la inclinación del terreno. Por lo general ubicadas en la parte más baja de un terreno inclinado, o pendientes de montañas, caminos, etc. Acogida. Era-acogida.
3. Socio-culturales: Posición estratégica de Canarias. Población extranjera. Importancia del siglo XVII. Mudéjar y portugueses.
La concreción de todo lo que acabo de decir, la realiza con maestría el profesor Chueca Gotilla en su obra titulada Invariantes castizos de la arquitectura española (1971). Así, refiriéndose a la arquitectura vernácula de Lanzarote afirma que “Se trata de una arquitectura que responde a una serie de condicionantes físicos, como la fuerte insolación, la escasez de lluvias y la presencia de los vientos “alisios”, dominante con dirección noreste; pero también económicos, y socioculturales, reflejado en la mezcolanza de elementos aportados por otras culturas”.
A comienzo de los años setenta, César Manrique realiza un catálogo fotográfico titulado Arquitectura Inédita, en el que recoge la esencia de la arquitectura tradicional y popular de Lanzarote, para llegar a la siguiente conclusión: Lanzarote atesora una arquitectura popular repleta de “veracidad” que capta, con acierto, la poética del lugar. Así, Manrique habla de la lógica constructiva, de la pureza de las formas y, en definitiva, de la esencia misma de Lanzarote.
“…Hay que evitar por todos los medios la destrucción de la arquitectura popular lanzaroteño. Casas cúbicas, blancas y lisas. Los colores los aporta la naturaleza y las flores. Tenemos la necesidad de crear una conciencia turística insular” (Semanario Antena 1962)
Consciente de la existencia de una planificación lastimosa del fenómeno turístico, realizado en tantos lugares del litoral español y en las Canarias Centrales y del “afán enfermizo de las piquetas” por destruir el paisaje y su arquitectura sin arquitectos pero con un alto valor cultural, estético y paisajístico, César Manrique se introduce en el alma de su Lanzarote y, con una nueva sensibilidad, propone naturalezas alternativas que, sin desdeñar la lógica del capitalismo y la sociedad de consumo. Su propósito es el de fundar otras realidades consonantes con el espíritu del lugar de acuerdo a un sentido cultural renovado en el que integra arte, naturaleza, economía, vida y ética.
En 1967, vuelve a reconocer que su gran caballo de batalla ha sido “la conservación de la pureza del paisaje y la arquitectura”, mientras insiste en la necesidad de crear “una auténtica conciencias insular” para evitar que la isla sea devorada por el turismo de masas.
Su nueva fórmula consiste en seleccionar amplios espacios naturales en los que actúa integrando arquitectura, paisaje, jardinería, pintura, sonido, diseño, escultura, equipamientos…, con una declarada actitud de respeto medioambiental. En resumen: “introducir el arte en simbiosis con la naturaleza”.
Siempre he buscado en la naturaleza su condición esencial, su verdad oculta: el sentido de la vida”. Manrique acerca los límites entre arquitectura y paisaje haciéndolos dialogar. Así, inicialmente, su defensa de una visión paisajística puramente funcional da paso a un activismo de corte ecologista que marcó buena parte de su vida.
Sus intervenciones en el paisaje –arte público- tienen una importante componente pedagógica que se vincula a una inclinación funcional y social del arte, defendida por el propio pintor desde fechas muy tempranas, como revelan estas declaraciones de 1969: “La problemática verdaderamente importante del arte contemporáneo es que los artistas colaboren estrechamente con el pueblo, aplicando su talento y su arte en todas las posibles aplicaciones en la vida, para crear en el pueblo más cultura, fundamento de la evolución del país”. El artista es concebido como un productor de deleite, sensibilidad, belleza y alegría estética. Y como un educador.

La agricultura tradicional como metáfora paisajística
Si antes nos referíamos a la arquitectura, ahora hablaremos someramente de los valores medioambientales y estéticos de la su agricultura tradicional de Lanzarote, como otro de los argumentos donde Manrique encuentra herramientas y soluciones que no duda en incorporar a su propuesta de intervención en el paisaje de la Isla. Para César arquitectura, agricultura y paisaje, son un todo indivisible, es arte y es naturaleza.
La agricultura tradicional de Lanzarote conjuga con acierto la simbiosis entre el hombre y el medio. En ella se sustantiva la respuesta astuta, como en la arquitectura vernácula, a los condicionantes físicos y climáticos del lugar, mediante el desarrollo de técnicas de cultivo verdaderamente singulares, capaz de convertir una agricultura de mínimos, en un elemento presencial contundente que acaba por definir el paisaje y la singular de Lanzarote.
Tradicionalmente se han desarrollado diversas técnicas de cultivo que, fruto de la acumulación de conocimientos empíricos y de una profunda comprensión de los condicionantes del medio, han configurado un paisaje antropizado ciertamente original.
Cinco son las técnicas de cultivo practicadas habitualmente en Lanzarote. Estas fórmulas, siguiendo una ordenación cronológica en su aparición, son las siguientes:
a) Cultivo sobre suelo natural.
b) Cultivo de gavias.
c) Cultivo en enarenados naturales.
d) Cultivo en enarenados artificiales.
e) Cultivo sobre Jable.
Posiblemente estemos ante la primera técnica de cultivo, se practicaba en la isla antes de que se produjese la presencia castellana, aunque según parece la propagación definitiva del mismo se produce una vez que llegan los españoles a comienzos del siglo XV. Este sistema se practicaba sobre aquellas cuencas endorreicas donde, gracias a la potencia de suelo acumulado, las posibilidades para acumular agua y su conservación durante más tiempo, eran mayores. Recordar que la media anual de precipitación para Lanzarote es de 140 litros por metro cuadrado.
Por lo que respeta al cultivo sobre gavias puede ser considerado como una variante de la anterior en tanto en cuanto que utiliza o se asienta sobre espacios que presentan una gran potencia y volumen de suelo. A grandes rasgos el sistema consiste en delimitar una cuenca o receptáculo mediante la presencia de unos muretes de tierra (testes), sobre la que se depositará, tanto el agua de precipitación directa como la procedente de la escorrentía canalizada convenientemente desde las zonas próximas. El agua, una vez depositada en estos receptáculos, se filtrará para ascender por capilaridad y dar sustento a los cultivos que sobre ella se desarrollan. Se trata de un sistema que funcionará en las proximidades de los macizos montañosos antiguos (Ajaches en la zona sur y Famara-Guatifay en la zona norte) siempre relacionados con las mencionadas vegas aunque pueden ocupar el lecho-fondo de algunos barrancos mediante la construcción de bancales escalonados a la largo de toda la cuenca.
Si estos dos últimos sistemas venían caracterizados por el alto grado de abandono motivado por su escasa productividad, las siguientes fórmulas de cultivo que vamos a analizar serán los elementos referenciales que más ha utilizado César Manrique para, traducidos en clave de modernidad, incorporarlos a sus obras de intervención espacial.
En este sentido tendríamos que hablar en primer término de los enarenados naturales, para ello nos remontaríamos almomento den que se producen las erupciones históricas de Timanfaya (1730 -1736) un fenómeno fortuito y caótico que provocará una auténtica revolución en el sector agrario isleño. Así, lo que en principio fue caos y ruina se convertirá en riqueza y esperanza.
Más de 200 Km2 de la mejor tierra de la isla fueron cubiertos por los productos volcánicos que arrojaron un volumen de piroclastos próximo a los 5 Km3, con espesores superiores a tres metros que cubrirán la denominada zona de la Geria, denominada Vega Grande convirtiendo sus fértiles tierras en un negro mar de cenizas volcánicas. Sobre este infierno el campesino isleño, luchador infatigable, iba a realizar el milagro de hacer brotar nuevamente la vida.
La mullida capa de ceniza volcánica permite una rápida filtración del agua de lluvia a las capas profundas del suelo, sin que se pierda por los fenómenos de escorrentía superficial, o por el efecto de evaporación provocado por la incidencia de los rayos del sol directamente sobre el suelo (recordar el régimen pluviométrico torrencial y el alto grado de insolación que soporta la isla).
No solo captará la precipitación directa sino que, además, será capaz de recoge la humedad del rocío durante la noche, Lanzarote participa de un elevado número de noches de rocío debido al elevado índice de humedad relativa que suele alcanzar medias próximas al 90% durante la mayor parte del año.
Todo ello permitirá el desarrollo de una serie de cultivos “casi milagrosos” entre los que destaca el cultivo de la vid que da al paisaje una personalidad y originalidad considerable y donde, el espacio conocido como La Geria, se convierte por méritos propios en una colosal expresión de la interacción entre hombre y naturaleza. Un ingente jardín de fondo negro donde surgen las parras llenas de vida que, cargadas de argumentos económicos y, sobre todo, de carácter estético-paisajísticos, fueron interpretados por César Manrique en clave de modernidad.
Campos de ceniza volcánica salpicados por muretes semicirculares de piedra seca, denominados “goros”, (socos) que hacen de pantalla protectora contra la violencia de los vientos dominantes que, de abril a septiembre, soplan con “generosidad”en la Isla. Formas estructurantes de un paisaje singular que César Manrique no duda en incorporar a sus obras de intervención en el paisaje.
Por su excepcionalidad, me gustaría destacar una interesante adaptación de esta técnica de cultivo a los condicionantes físico-climáticos del norte de la Isla. Me refiero al cultivo de vides que se desarrollan en el entorno del Malpaís de La Corona, Aquí se produce una interesante “asociación “entre el viñedo y los nopales que comparten en mismo “goro”. Debido a la precariedad y a la escasa alteración que presentan los suelos del lugar, el campesino ha encontrado en el nopal a su “aliado necesario” para descomponer esos suelos pedregosos, en arcillas alteradas que permitan el desarrollo optimo de sus viñedos, al margen del, nada desdeñable complemento alimenticio, que antaño supuso el aprovechamiento de los higos picos en la dieta familiar.
Tampoco olvidar que el proceso de maduración de la uva requiere altas temperaturas. Ello unido a que la zona norte de la Isla se caracteriza por presentar amplitudes térmicas notables entre el día y la noche. El agricultor ha encontrado en los nopales, y su natural acumulación de agua por su condición de planta crasa, al perfecto sistema termorregulador capaz de amortiguar la caída de la temperatura durante la noche.
Si valoramos al paisaje de la Geria por su singularidad, no lo será menos ante los ojos de César Manrique, las formas ajedrezadas delimitadas por muros de piedra que, a modo de cuadrícula irregular, definen el paisaje de los enarenados artificiales que se extienden por toda la Isla. Se trata de una transposición espacial y temporal del enarenado natural, auténtico revulsivo de la agricultura isleña.
Esta técnica agrícola consiste en el aporte de suelo vegetal, que se obtiene de las escasas cuencas sedimentarias denominadas “vegas” que posee la Isla. Estas arcillas muy alteradas, se extienden sobre una superficie llana. Sobre este sustrato arcilloso, se depositará una ligera capa de estiércol. La obra se verá culminada con una capa de “rofe” de unos diez centímetros de espesor que, en definitiva, provocará los mismos efectos beneficiosos que enumerábamos para el enarenado natural.
Para concluir este somero recorrido por las técnicas agrícolas tradicionales de Lanzarote, tendríamos que hablar del cultivo en “jable”. Se trata, una vez más de singularidad a raudales. Lanzarote está atravesada de NE. a SW. por un “cinturón de las arenas voladoras” que cubre a su paso terrenos arcillosos muy alterados, con potencias superiores a los dos metros. Estas arenas son de origen orgánico, (moluscos y foraminíferos), ricas en materias nutritivas útiles para los cultivos, son sopladas desde el mar hacia el interior de la isla, fertilizándola a su paso a la vez que atenúan la evaporación del agua contenida en el suelo. En suma, un efecto similar al producido por la capa de piroclastos en el sistema de enarenados naturales y artificiales. Una vez más, asistimos a la celebración de la
singularidad.
Todas estas técnicas agrícolas generan formas y estructuras que Manrique descubre y que, desde su mirada artística, no duda en incorporar a su ideario estético. Formas transformadoras del paisaje, resultado de acumulación secular de conocimientos empíricos ahora interpretados en clave de modernidad por el artista para generar nuevas realidades marcadas por un alto valor cultural, estético y paisajístico.

Compromiso ético y estético
César Manrique se introduce en el alma de su Lanzarote, en su gran verdad, la singularidad y, con una nueva sensibilidad, propone naturalezas alternativas que, sin desdeñar la lógica del capitalismo y la sociedad de consumo. Su propósito es el de fundar otras realidades consonantes con el espíritu del lugar de acuerdo a un sentido cultural renovado en el que integra arte, naturaleza, economía, vida y ética.
Su nueva fórmula consiste en seleccionar amplios espacios naturales en los que actúa integrando arquitectura, paisaje, jardinería, pintura, sonido, diseño, escultura, equipamientos…, con una declarada actitud de respeto medioambiental. En resumen: “introducir el arte en simbiosis con la naturaleza” Manrique acerca los límites entre arquitectura y paisaje haciéndolos dialogar. Así, inicialmente, su defensa de una visión paisajística puramente funcional da paso a un activismo de corte ecologista que marcó buena parte de su vida. “…Con esta fecha que hoy anoto (21.04.1986), quiero hacer constar mi denuncia ante el caos urbanístico y las barbaries arquitectónicas que se están cometiendo. Quiero dejar clara mi actitud y mi conducta con respecto a lo realizado por los lanzaroteño y todo lo creado por mi en la Isla, sin que se pueda pensar en una posible indolencia…”
De la observación, interpretación y respeto a la naturaleza, Manrique carga su imaginario y lo sustantiva como artista comprometido con el territorio y sus habitantes, un compromiso que se intensifica, a partir de mediados de los ochenta, cuando la explosión turística de Lanzarote empieza a poner en peligro la integridad ambiental y física de la Isla.
Creo que nos excedemos si afirmamos que el compromiso del artista con el futuro de Lanzarote y sus habitantes, se aproxima bastante a lo que conocemos como desarrollo responsable.
Este planteamiento de sostenibilidad que envuelve toda su propuesta ha sido objeto de elogio por la crítica internacional, poniéndose de manifiesto de manera definitiva en el año 1993, cuando la UNESCO declara Reserva de la Biosfera a la isla de Lanzarote. En cualquier caso, desde 1966, fecha en la que se inician sus intervenciones en Lanzarote, Manrique es consciente del especial momento en el que se encontraba la Isla, debido a los intereses especulativos que se cernían sobre ella. Lanzarote se encontraba inmersa en una situación socio-económica precaria, de subsistencia, en torno a la agricultura y a la pesca, sectores productivos tradicionales marcados por un secular nivel de atraso. Si a ello se une la existencia de valores patrimoniales naturales y culturales interesantes, no sólo para los isleños sino también para sus potenciales visitantes, se comprende que la Isla fuera objeto propicio para el desarrollo de la más brutal de las especulaciones. Manrique alerta del más que evidente riesgo y de la necesidad de una urgente intervención. Así, con la colaboración del Cabildo Insular, el artista encuentra el marco adecuado para formular y llevar a efecto su propuesta.

Resumen
César Manrique encuentra en la arquitectura tradicional y popular de Lanzarote, en la agricultura y en las actividades propias y relacionadas con el mar, los argumentos de la esencia de una Isla sobre los que construir los fundamentos de la propuesta de intervención en el territorio.
1. Valorar, recuperar y conservar la arquitectura popular de Lanzarote y utilizarla de modelo a la hora de proponer nuevas intervenciones.
2. Reconocer y valorar aquellos espacios que, por sus especiales valores ambientales, ofrecían un atractivo especial.
3 Intervenir, de forma amable y con el mínimo impacto, en esos lugares de especial interés paisajístico: Macizo Famara-Guatifay, Montañas del Fuego, El Golfo, Hervideros, etc., mediante la construcción de instalaciones que, sin renunciar al comodidad y la funcionalidad, guardarán un respeto por la naturaleza y el entorno.
4. Ampliar el marco de la intervención y la filosofía de la propuesta hacia aquellos lugares en los que se producía el desarrollo del turístico y donde el fenómeno de urbanización podía llevar aparejados niveles importantes de deterioro ambiental. Aquí las intervenciones deberían ser absolutamente respetuosas y estarían dotadas de gran calidad, demodo que permitiese seleccionar la demanda a fin de impedir la masificación de las zonas, principalmente costeras, de la Isla.
En definitiva, podemos afirmar que César Manrique establece un diálogo respetuoso con el patrimonio natural y cultural para interpretar, en claves de modernidad, sus principios.
Manrique es, ante todo, consecuente con el tiempo que le tocó vivir. Así, en sus intervenciones espaciales, resulta imposible soslayar la funcionalidad y el confort, sin que ello suponga ceder en lo excesivo y coincidiendo puntualmente con artistas anteriores, cuyas obras han sido fundamentales para el desarrollo de la arquitectura y el urbanismo moderno.
Su firme creencia en el arte total le lleva a plantear una concepción del arte al servicio de la vida. Para César era irrenunciable la unificación de las artes y acercar a éstas al hombre y a la naturaleza. De esta forma, las intervenciones de Manrique se ciñen a esta concepción en todos y cada uno de los elementos que componen la obra, desde su inicio hasta su conclusión definitiva.
Miradores, hábitats domésticos, adaptaciones y reutilizaciones de espacios del patrimonio cultural, adaptación de costas, recuperación para uso público de espacios deteriorados o creación de arquitecturas nuevas son otras tantas direcciones en las que camina su propuesta de intervención en el espacio.
Manrique abordó diversas tipologías arquitectónicas, sin embargo, el conjunto de su obra espacial posee una impronta personal que responde a criterios y soluciones constructivas en los que subyace su visión intuitiva e integradora de la naturaleza. Cabe señalar como rasgo singular de sus intervenciones la adaptación de las formas arquitectónicas y agrícolas al medio, la combinación de elementos, soluciones y materiales de la tradición local con los de la cultura moderna y la aplicación de distintas disciplinas artísticas en la concreción de sus diseños.
Una de sus propuestas más características fue el acondicionamiento de parajes naturales.
En Taro de Tahíche (1968) -antigua residencia del artista, y sede de la Fundación que lleva su nombre desde 1992-, construyó su casa sobre cinco burbujas volcánicas a las que habilitó como espacio doméstico.
A la misma intención de acondicionamiento, en este caso para el disfrute público, responde su intervención en Jameos del Agua (1966). Quizá se trate de la obra de Manrique en la que encontremos más dificultades para diferenciar lo que es la acción del hombre y la de la naturaleza. En Jameos del Agua, también habilitó el Auditorio -cuyas obras comenzaron en 1976- convirtiendo una gruta volcánica en espacio funcional.
El propósito de integración con el medio es explícito en el Mirador del Río (1973), tanto en el exterior, mimetizando la fachada con el paisaje circundante, como en su interior, que está dispuesto, en su organicidad, para que nos impacte la gran panorámica que se abre detrás de sus ventanales. A los mismos criterios de integración aludidos responden los miradores de La Peña (1989), en El Hierro, y El Palmarejo (1995), en La Gomera.
Por las peculiaridades de la zona, en el Restaurante El Diablo -comenzado en 1968 y ubicado sobre un promontorio del Parque Nacional de Timanfaya- optó por una solución de gran pureza de líneas para afectar lo menos posible al frágil entorno que lo rodea.
Junto a intervenciones en el patrimonio natural de la isla, a veces para recuperar espacios degradados como los Jameos del Agua o el Jardín de Cactus (1990) -donde diseña un entorno humanizado y armónico en una antigua zona de extracción de áridos- a Manrique le interesó la rehabilitación de edificios patrimoniales de la isla. Tal es el caso del antiguo Castillo de San José, que rehabilita acondicionándolo como museo de arte contemporáneo (1976), y del restaurante Los Aljibes (1976).
Es de destacar también su colaboración con los arquitectos. En el Hotel Salinas (1977), en Lanzarote, obra de Fernando Higueras, diseña los jardines interiores, las piscinas y murales.
En el Centro Comercial La Vaguada (1983), en Madrid, proyecto de J.A. Rodrigo, la intervención de Manrique queda patente en el enterramiento del edificio, en la concepción del espacio externo, y en diversas soluciones del diseño interior.
Su regreso a Lanzarote coincidió con el desarrollo de la industria turística en Canarias. La falta de planificación urbanística en algunos casos, lamala gestión en otros, degradaron buena parte del litoral de las islas. De ahí que algunas de las propuestas del artista hayan tenido como objetivo la regeneración de ciertos núcleos costeros. Tanto en Costa Martiánez (1977) -donde diseña un gran lago artificial con piscinas y zonas verdes, en unas obras que comienzan a plantearse en 1969- como en Playa Jardín (1994) -donde proyecta una playa de arena protegida por terrazas ajardinadas a distintos niveles-, ambas en Puerto de la Cruz, Tenerife, la propuesta supone una mejora y remodelación del litoral, ganado para su disfrute público. En un texto del catálogo César Manrique. Pintura 1958 – 1992 titulado Entre el espejo y la crisálida… F. Gómez Aguilera define a César Manrique como: “un ecologista del ambiente artificial, hijo de su tiempo, consciente del límite de los recursos y, consecuentemente, abierto a un nuevo paradigma”.
Por todo, César Manrique, se convertirá en un artista ubicado en el corazón del mercado, a partir de las dinámicas de la industria turística que fomenta. Su propósito se cifra en domesticar y reglamentar las pulsiones del dinero, manejando criterios de la cultura de los límites, movido por una voluntad de instrucción social, esto es, de modificación y movilización de las conciencias y de respecto al territorio.
En el año 1978 escribe un manifiesto demoledor en el que pone en entredicho el modelo de desarrollo en el que caminaba Lanzarote. Lo titula S.O.S por Lanzarote, y entre otras argumentos alega…Tratándose de un posible deterioro de la Isla, proceda de donde proceda, no me caso ni con mi madre. No quiero que pueda pensarse que siento predilecciones por alguien, o por alguna tendencia “politicorra”. Quiero, simplemente, el trabajo y el desarrollo de mi Isla, y creo que ya he demostrado con hechos, no con palabras ni con promesas, lo que soy capaz de hacer por Lanzarote. Me gustaría realizar un riguroso análisis de personajes que, sin haber trazado una raya, ni plantado un árbol, de repente se auto-convierten en la imagen de altos moralistas y de grandes amantes del pueblo, cuando, en realidad, en toda su vida han dado NADA.
De la observación, interpretación y respeto a la naturaleza, Manrique carga su imaginario y lo sustantiva como artista comprometido con el territorio y sus habitantes, un compromiso que se intensifica, a partir de mediados de los ochenta, cuando la explosión turística de Lanzarote empieza a poner en peligro la integridad ambiental y física de la Isla.

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