César Manrique y Lanzarote

ALFREDO DÍAZ
DIRECTOR DEL DEPARTAMENTO DE EDUCACIÓN DE LA FUNDACIÓN CÉSAR MANRIQUE

“La obra de arte da contenido intelectual al vacío. Así, un lugar que se transforma y deja de ser espacio insignificante, se convierte en fuente de significado” Félix de Azúa César Manrique (Lanzarote, 1919-1992) siempre prefirió la belleza, la vida y la naturaleza antes que la dimensión intelectual y el compromiso político, aunque, con el tiempo, el alcance sociopolítico de sus propuestas y actitudes cívicas se convertirán en una sólida e inédita referencia en nuestro país.
A mediados de los sesenta se traslada a Nueva York, donde reside entre 1964 y 1996, impregnándose del espíritu de la cultura urbana de masas y el pop. Regresa a Lanzarote donde, además de una actitud
pública de defensa y compromiso con el patrimonio natural y cultural insular, planteó una importante obra de arte público y paisajismo, que combina tradición y modernidad, junto a valores ambientales. A su ideario de integración de las artes o de arte total, lo denominó Arte-naturaleza/Naturaleza-arte.
Su propósito era participar en la transformación de la isla. Una transformación socioeconómica que se fundamentaría en la valoración, respeto y conservación del patrimonio natural y cultural de Lanzarote y, a partir de ahí, intervenir desde su ideario de modernidad, para generar espacios públicos sobre el paisaje de Lanzarote. Unos lugares capaces de servir como señas de identidad de una isla que tenía vocación de avanzar hacia un modelo de desarrollo turístico diferenciado y en clave de sostenibilidad.

Armado de un significativo liderazgo social y mediático, Manrique dice que regresa, porque «hay que salvar la isla», que se encuentra «en un momento crucial de su historia», y propone «salvarla estéticamente» con el propósito de que no se falsifique. Así, se introduce en el alma de su Lanzarote donde propone naturalezas alternativas que, sin desdeñar la lógica del capitalismo y la sociedad de consumo, sean capaces de constituir otras realidades en consonancia con el espíritu del lugar, de acuerdo a un sentimiento cultural renovado en el que integra arte, naturaleza, economía, vida y estética.
Su gran caballo de batalla ha sido «la conservación de la pureza del paisaje y la arquitectura», mientras insiste en la necesidad de crear «una auténtica conciencia insular» para evitar que la isla sea devorada por el turismo de masas. Selecciona amplios espacios naturales en los que actúa integrando arquitectura, paisaje, jardinería, pintura, sonido, diseño, escultura, equipamientos…, con una declarada actitud de respeto medioambiental.
Busca en la naturaleza «su condición esencial, su verdad oculta, el sentido de la vida». Acerca los límites entre arquitectura y paisaje haciéndolos dialogar. Así, inicialmente, su defensa de una visión paisajística puramente funcional, da paso a un activismo de corte ecologista que marcó buena parte de su vida.
Sus intervenciones en el paisaje -arte público- tienen una importante componente pedagógica que se vincula a una inclinación funcional y social del arte, defendida por el propio pintor desde fechas muy tempranas, como revelan estas declaraciones de 1969: «La problemática verdaderamente importante del arte contemporáneo es que los artistas colaboren estrechamente con el pueblo, aplicando su talento y su arte en todas las posibles aplicaciones en la vida, para crear en el pueblo más cultura, fundamento de la
evolución del país».
De la observación, interpretación y respeto a la naturaleza, Manrique carga su imaginario y los sustantiva como artista comprometido con el territorio y sus habitantes, un compromiso que se intensifica, a partir de mediados de los ochenta, cuando la explosión turística de Lanzarote empieza a poner en peligro la integridad ambiental y física de la isla.
En un reciente trabajo de investigación titulado «Entre el espejo y la crisálida…» F.
Gómez Aguilera (comisario de varias exposiciones sobre César Manrique y director de la FCM, define al artista como: «un ecologista del ambiente artificial, hijo de su tiempo, consciente del límite de los recursos y, consecuentemente, abierto a un nuevo paradigma».
Podemos afirmar que, César Manrique, es en esos años un artista ubicado en el corazón del mercado y de las dinámicas de la industria turística que fomenta. Su propósito se cifra en domesticar y reglamentar las pulsiones del dinero, manejando criterios de la cultura de los límites, movido por una voluntad de instrucción social capaz de movilizar a la ciudadanía en la conciencia y el respeto al territorio y sus habitantes.

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